1) Santi

Santi tiene 45 años. Sale de su casa a la una de la tarde, cerca del Mercat de Sant Antoni, a tomarse el vermut en el bar de siempre. Y empieza a alucinar. Toda la calle está ocupada por autobuses y las terrazas están llenas de gente con camisetas rojas y amarillas y banderas independentistas. Él no lo es. Comienza a caminar hacia la Gran Vía y sin poderlo remediar, se emociona. “Me he acordado de mi madre, le hubiera gustado tanto ver esto”. Su madre murió hace 15 años. “Ella no era independentista, pero sí catalanista y estoy seguro de que ver esto le hubiera hecho mucha ilusión”.

Santi tiene dos hijos. De 15 y 14 años. Ninguno fue a la manifestación, aunque su madre sí que les llevó a anteriores. “El mayor me ha dicho, textualmente: Estoy cansado de que me hagan hacer el mono y que luego los políticos no nos hagan ni caso”.

2) Joan y sus padres.

Joan tiene 36 años. Es independentista y vive la Diada con entusiasmo, con la alegría de un día festivo. Esta es especial, además. Va con sus padres, Jordi y María, por primera vez a la manifestación. Sus padres viven en un pueblo de Lleida y nunca antes habían asistido a ninguna. “A mi madre, con 64 años, no se le había ocurrido ir a una manifestación en su vida. Mi padre dice que había ido a alguna, pero no sé yo... Eran apolíticos, criados y educados en el franquismo. Anoche, por ejemplo, les llevé al Fossar de las Moreres y les tuve que estar explicando la historia, porque no la sabían. Mis abuelos sí, porque fueron educados en la República, pero mis padres no tienen ni idea de historia. A mí siempre me decían que no me metiera en líos, pero se han hartado, están enfadados, se sienten agredidos. Me llamaron hace dos semanas y me dijeron: Apúntanos, vamos contigo. Me llevé una sorpresa enorme”. Joan está con su novia, tres amigos y sus padres en el Tramo 56, en plaza Universitat. Han visto llegar a Joan Herrera, el líder de Iniciativa por Catalunya, que se ha quitado la camisa blanca que llevaba en plena calle para ponerse la camiseta amarilla. Ellos también van de amarillo, cada uno con su bandera estelada. Beben cervezas, ríen todo el rato, levantan las manos y bromean sin parar cuando pasa el helicóptero, se hacen fotos. Están disfrutando. Se les ve felices.

3) Anna.

Al lado de Joan y su grupo hay una señora muy mayor sentada en una silla plegable en la Gran Vía. Está visiblemente enferma y tiembla un poco, pero cuando son las 17:14, se levanta y aplaude. Y ahí se queda, durante diez minutos, dignamente encorvada, pero de pie. Su hija le cuenta a la novia de Jordi, que se ha conmovido al verla: “Venimos de Igualada y la prudencia nos decía que era mejor no venir porque no está bien. Tiene 86 años además, pero se ha levantado esta mañana y ha dicho: ‘Vamos. No nos lo vamos a perder. Vamos’. Y aquí estamos”.

4) Silvia.

Tiene 37 años. Vive en Barcelona y trabaja en Barcelona, aunque su familia es del Maresme. Su madre es de Granada, su padre catalán. Con ella habla en castellano, con él en catalán. Tiene tres hermanas y habla con dos en catalán y con una en castellano. “Algo muy normal aquí, vaya”. Silvia es independentista y ha acudido al Tramo 26 en el Passeig de Sant Joan junto a tres amigos. “La primera vez que fui a una manifestación en la Diada fue hace dos años. Esta vez me ha impresionado, claro, pero no tanto como la primera. Me siento orgullosa de que nos movilicemos por algo, ya que no lo hacemos, por ejemplo, por la ley del aborto, lo que me dio vergüenza. Ahora tengo ganas de llegar a casa y ver las imágenes por la televisión, porque no pensé que fuésemos tan organizados, que se pudiera hacer la bandera”.

Silvia no cree que el 9 de noviembre vaya a haber consulta: “No una como tal, que sea legal, me refiero. Se pondrán urnas en un Casal, pero no habrá consulta legal. El Tribunal Constitucional lo tumbará. Al final lo que pasará es que se convocarán unas elecciones plebiscitarias. Yo votaré a Esquerra. ¿Mi madre? Mi madre está a favor de la consulta, pero creo que si le dejan votar, votará que no”.

5) Mariano Rajoy.

El presidente del Gobierno, en un acto en la sede de la Organización Nacional de Transplantes que celebraba ayer su 25 aniversario soltó: “Ninguna autonomía remando sola podría conseguir resultados comparables sin la cooperación de las demás y del conjunto del Sistema Nacional de Salud”. Y puso el siguiente ejemplo: “Esta realidad hace que por ejemplo un andaluz viva con un corazón catalán o que un gallego tenga larga vida gracias a la generosidad de un madrileño”. Y se quedó tan ancho.

Queda la duda de si quería apelar a la emotividad como hizo David Cameron en su visita a Edimburgo para seducir a los escoceses y evitar así la independencia, pero a Rajoy le quedó más bien rarito. Si los catalanes se independizan, ¿tendrán problemas con los transplantes? No se hable más. Les ha convencido, señor Rajoy. Y eso que Montoro ya les tenía casi en el bolsillo cuando hace una semana salió a hacer leña del árbol caído con Pujol. Gran estrategia. Un aplauso también para la Embajada de España que suspendió el acto de Albert Sánchez Piñol y de su libro Victus en Utrecht. Fue un movimiento magistral, vamos. Eso sí que desanimó a los catalanes indecisos.

6) Artur Mas.

En el acto institucional de la Diada el president de la Generalitat declaró: “Hay un gran inmovilismo y un ánimo constante de anteponer la ley a un problema político. Y los problemas políticos, por definición, hay que resolverlos con iniciativas políticas, no simplemente amenazando”.

Pues tiene toda la razón. Pero oiga, señor Mas, solo una cosita: Usted también está para resolverlos.

7) Pedro Sánchez-Carme Chacón.

La oposición tampoco parece enterarse de mucho. “Hoy es el día para la convivencia y para tender puentes y no para hacer frentes, que es lo que está haciendo el independentismo en Catalunya”. No se sabe muy bien a qué día se refería Pedro Sánchez. Si era el de la Diada, confío en que haya visto las imágenes de la V y empiece a enterarse. Carme Chacón, que participó en un acto en Tarragona junto a Ciutadans y el PP declaró: “El Govern ha decicido que la Diada ya no es de todos los catalanes. Artur Mas ha preferido que se escenifique esta ruptura”. Olvida Chacón que la manifestación de ayer no la convocó Artur Mas, sino la Asamblea Nacional Catalana y Ómnium. Y que uno podía ir, o no ir. Nadie obliga a nadie.

8) Carme Forcadell.

La presidenta de la ANC, tras el rotundo éxito de la manifestación, pidió desde el escenario: “President Mas, ponga las urnas. No hemos llegado hasta aquí para dar marcha atrás”. El órdago está servido. El millón ochocientas mil personas que salieron a la calle según datos de la Guardia Urbana, tienen voz y quieren voto. ¿Qué hará Artur Mas?

9) Gerard Piqué. Xavi. Bartomeu.

Gerard Piqué colgó en su cuenta particular de twitter dos imágenes de la Diada, en la que participó junto a su hijo Milan y sus padres. Sólo hay que echar un vistazo para comprobar cómo fue digerido su gesto por muchos. Los insultos son gruesos. Xavi Hernández, envuelto en una bandera catalana, también asistió, aunque no lo anunció. Como tampoco lo hizo Bartomeu, que no llevaba ningún símbolo y al que fotografiaron en la V.

10) Carles Francino

El periodista catalán se permitió desahogarse así al comienzo de su programa ‘La Ventana’ en la Ser: “Estoy harto. Harto además de sentirme escrutado en todas partes. Cuando estoy en Madrid por unas cosas, cuando estoy en Catalunya por otras. Unos me consideran (me lo dijo la otra noche un exministro) independentista radical. ¡Tócate el pie! Otros me ven como españolista, como un catalán poco auténtico. Y al final yo... creo que como otros muchos, me veo casi como en tierra de nadie, miro el panorama, pero me resisto a ser encuadrado en uno de los bandos. No por ninguna falsa equidistancia, sino porque no me da la gana. Porque es que además puedo encontrar argumentos con los que estar de acuerdo en todas partes. Y eso debería ser una ventaja, no un inconveniente. Sin embargo, lo que no encuentro es una respuesta política a este atolladero, alguna vía inteligente para canalizar emociones, sentimientos, aspiraciones... Nada. Y por eso estoy harto; harto y cabreado”.

11) Gemma.

Este mes de septiembre se cumplen once años desde que vine a vivir a Barcelona. Aprendí hace poco a dar una respuesta, siempre la misma, cuando voy a visitar a mi familia y amigos en Madrid y alguien me pregunta (porque siempre, siempre, hay alguien que me lo pregunta): “¿Qué tal con los catalanes?”, mientras arruga la nariz. “Muy bien, mi marido es uno de ellos”, contesto sonriendo. Y así, ni hay más preguntas, ni doy más explicaciones.

En Barcelona he tenido pocos problemas, tontos hay en todos lados. Ninguno por ejemplo con el idioma. Tomé clases de catalán recién llegada y la única dificultad que he encontrado es que apenas lo practico. Todos mis amigos aquí son catalanoparlantes, pero también bilingües. Y como a mí me conocieron hablando en castellano, nadie me habla en catalán. Una de ellas, por ejemplo, tiene que desviar la cara y no mirarme cuando quiero practicar en catalán. Si me mira, no puede. Así que a estas alturas, después de 11 años, debería hablar catalán perfectamente, pero no lo hago. Y me gustaría.

Soy española, pero no sé que significa exactamente sentirse española. A mí no se me ocurriría poner una bandera en el balcón. Me ponen nerviosa las banderas y lo que se tapa debajo de ellas, así que me siento igualmente incómoda allí y aquí. Y, sobre todo, me da pena lo que percibo, aquí y allí. Los puentes para entenderse se han derruido y nadie hace el mínimo esfuerzo por volver a ponerlos en pie. Se toman rehenes, en uno y otro bando. En Madrid algunos creerán que sufro el síndrome de Estocolmo, que me han “comido el coco”. En Barcelona otros no me verán nunca como “alguien de los suyos”. Los del medio estamos jodidos. Y, como dijo ayer Francino, no encuentro una respuesta política para este atolladero.

Lamento las pocas ganas que tienen unos y otros de entenderse. La extrañeza, cuando no animadversión, con la que se miran.

La rotunda respuesta ciudadana en Barcelona en las últimas tres Diadas urge a buscar una solución. Si el pueblo catalán en su mayoría quiere votar y decidir si quiere la soberanía debería poder hacerlo. Si puedo votar, yo votaré que no. Que no quiero la independencia. Porque a mí los catalanes me caen bien, yo les quiero y prefiero seguir con ellos. Pero si deciden marcharse no me rasgaré las vestiduras. Y sé que seguiré viviendo aquí y teniendo amigos aquí y siendo feliz aquí, como lo llevo siendo en estos once años.

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