Llevo unos días que digo en voz alta a algunos amigos que estoy muy cabreada, irritada, que me enfurezco a veces según leo, veo o escucho algunas cosas. Que si tuviera delante mío a algunas personas no sé cómo reaccionaría, pero no me cuesta imaginarme soltando sapos y culebras por la boca, insultos gruesos, roja de ira. Mis amigos se ríen, creen que lo digo de broma, para hacer la gracia. Pero no, no bromeo. Lo digo en serio. 

Desde el comienzo de la crisis ya se apuntó a que ésta no era solo económica. El catacrak era el resultado, pero la causa estaba sin duda en la ausencia de valores, de ética, de moral, de decencia. 

¿Cómo es posible que siga en su cargo Javier Rodríguez, consejero de sanidad de Madrid? “Si tuviera que dimitir, dimitiría. Soy médico y tengo la vida solucionada”. Así que es una cuestión de dinero, no de honradez. Hay que ser muy miserable para culpar a una auxiliar de enfermería que lucha por su vida infectada de Ébola de mentir. Aunque lo haya hecho, mira. Grave, con problemas respiratorios, fiebre alta, diarrea y vómitos. Sola y aislada en una habitación. Y el responsable de la Sanidad le apunta con el dedo y resalta ante los medios que se fue a depilar después de acudir a la médico del ambulatorio de Alcorcón cuando empezó con los primeros síntomas. Sinvergüenza. 

¿Cómo es posible que el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, no le haya cesado de manera fulminante después de esas declaraciones? Que ha estado “poco afortunado”, dice González, y nada más. Cuando le preguntaron si debería dimitir se escabulló: “Ahora lo importante es que Teresa Romero supere la enfermedad”. Un aplauso. Qué bonito. Así que Rodríguez tiene la vida solucionada, pero no dimite, ha estado “poco afortunado”, pero no le echan. 

“Mis colegas me están diciendo que las cosas se están haciendo muy bien”. Eso fue lo que dijo Mariano Rajoy en Milán dos días después de que se supiera que Teresa Romero se había infectado de Ébola. Que en Europa aplaudían la gestión del gobierno. Ahí, sacando pecho, tan ufano. Y no le dio vergüenza. Al día siguiente salió publicada la carta de Juan Manuel Parra, el médico de urgencias del Hospital de Alcorcón que atendió durante 16 horas en solitario a Teresa Romero, a sus superiores. En ella explicaba que las mangas del traje le quedaban cortas. 

Ayer Soraya Sáenz de Santamaría tomó el mando de la gestión. Cinco días después. Y no quiso admitir en ningún momento que se hayan cometido errores. “Ahora el análisis de los errores no es la prioridad del Gobierno”, dijo. Pues nos podemos dar por jodidos, porque si no están estudiando dónde se ha producido el error, éste puede volver a pasar, ¿no? La Ministra de Sanidad, Ana Mato, ha sido desautorizada por su propia gente, que ha dejado en evidencia que no sirve, no vale, que es una incompetente, que le ha relegado de lo que debería ser su responsabilidad para que Sáenz de Santamaría tome el mando.
Si la radiografía de país que ha dejado el caso de Ébola no fuera ya de por sí lo suficientemente desoladora (incompetencia, soberbia, ausencia de responsabilidad, medios de comunicación aprovechando el filón sin pudor alguno y hasta adelantando que Teresa Romero será incinerada sin que le hagan la autopsia, qué vergüenza) ayer aparecieron detallados los cargos de las tarjetas black de Caja Madrid. Alcohol, salas de fiesta, campos de golf, estaciones de esquí, zapatos de Manolo Blahnik, compras en Ikea, en el Hipercor, arte sacro, cápsulas de café, las obras de una piscina de casa. La lista es obscena. Y los que las usaron son del PP, del PSOE, de Izquierda Unida, de los Sindicatos, el jefe de la Casa Real... A ninguno le dio vergüenza. Ninguno pensó que lo que hacía estaba mal. Rodrigo Rato sacó 16.300 euros en efectivo del cajero durante sus últimos tres meses como presidente de Bankia, cuando ya sabía cuál era la situación del banco. Sinvergüenza. Bankia está en los primeros puestos de los bancos que ejecutan desahucios, por cierto. Rato es ahora consejero en Telefónica.

Ya sabía, ya, antes de esta última semana que no vivía en Jauja, pero pensaba que éramos una sociedad más avanzada, preparada, responsable y decente. Creía que no estaba rodeada de esta pobredumbre, de esta ausencia de dignidad, de esta falta de valores, de esta carencia de referentes, de esta escasez de capacitación entre los que nos gobiernan, de este vacío. No imaginé tanta miseria moral. Tanto sinvergüenza. 

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