Está mal vista la vulnerabilidad. Los que no demuestran emociones pase lo que pase parecen más fiables. Gente capaz de tomar decisiones sin que nada les distraiga; impermeables, rocosos, fríos. Los que usan el mismo tono y ponen la misma cara para decir que se les ha muerto un familiar, han encarcelado a un amigo o que la sopa está fría. Yo no me fío de esa clase de gente. Ni lo haré jamás. 

No me siento mejor ni peor que ellos. Sólo diferente. Me asombran eso sí los que actúan como robots programados. Y sí, he elegido bien la palabra: actuar. Porque o son cyborgs o no formamos parte de la misma especie. Me declaro vulnerable, absoluta e innegociablemente vulnerable. Si me pinchan, sangro. Si me hacen cosquillas, río. Si me envenenan, muero. Si me atacan, me duele. Y si van a por los míos más; me sale la leona que llevo dentro.  Me duele mucho más cuando hieren a los que quiero porque creo que yo tengo herramientas y he practicado tanto que puedo aguantar lo que sea, pero cuando veo a alguien de mi familia, de mis amigos, de mi gente sufrir, me quiebro. 

Lloré cuando vi desde Madrid, la ciudad donde nací y me crié y me independicé de mis padres y me fui a vivir sola y trabajé y tengo amigos y lazos fortísimos, cómo pegaban a la gente en Catalunya el 1 de octubre, donde vivo desde hace 14 años. Venía del entierro un día antes de un familiar muy querido en Puente del Arzobispo (Toledo):  mi tío Paco, el hermano pequeño de mi madre. Y me levanté al día siguiente y mi marido catalán me dijo que a su hijo de 18 años le habían golpeado en el colegio electoral. Y miré el tuiter y todo eran vídeos de porras y gritos y violencia. Y vi cómo a una mujer la sacaban agarrada por los pelos. Y a un hombre con las manos arriba al que trataban a palos, a golpes en las piernas y los brazos hasta que se hizo un ovillo, se acurrucó y se tapó la cabeza. Y lloré. 

Volví de nuevo a Madrid hace dos semanas porque mi tía Mari, la hermana de mi padre que vivía en Alcorcón, había fallecido también. Desde allí viví la declaración unilateral de independencia y escuché lo que decían a mi alrededor. Y me levanté días después de una mesa cuando empezaron con “es que los catalanes”  a pesar de advertir que mi marido era uno de ellos y que muchos amigos también hasta que me di cuenta que pretendían seguir con el discurso y yo importaba una mierda hasta que solté: “Vale, me voy a la terraza a fumar, los ponéis a parir y cuando vuelva no quiero oír nada y hablamos de otra cosa”. Tal cual.

No tengo patria más allá de los que quiero. No conozco bandera que me ate más que mis afectos. Ni quiero tampoco, que quede bien claro. Que nadie se atreva a hacerme elegir trinchera. Que no cuenten conmigo en este mundo hostil e inhumano donde yo he dejado dinero a un amigo que lo estaba pasando mal y él me lo ha devuelto cuando yo lo necesitaba. Donde siguen los recortes en sanidad y educación, donde miles mueren en el Mediterráneo intentando llegar a una Europa a la que unos y otros se acogen en busca de una justicia que hace tiempo ya que no administran. Vergüenza me da. 

Soy vulnerable. Lloré ayer cuando me enteré del fallo de la Audiencia Nacional. Y cuando escuché la voz temblorosa de Marta Rovira, porque empaticé inmediatamente con su pena y su fragilidad, sin haber votado yo jamás a Esquerra Republicana, porque la sentí tan vulnerable como yo. 

Desconozco si tiene familia y amigos en Madrid, si tiene la sensación de que a partir de ahora, de ya, todo será mucho más doloroso y no tengo ahora mismo el cuajo de hacerle ningún reproche. Sé que para unos no seré suficiente y para otros no lo bastante. Sé del equilibrio que me costará, y de lo consciente que soy al mismo tiempo de cuánto me costará. Sé de la puta lucidez que a menudo es como una maldición. Debe ser tan cómoda la felicidad de los idiotas… La brecha, el odio, la tirria que se avecina, la de veces que tendré que salirme fuera para no escuchar… Todo eso ya lo sé. Lo sé.

Escribo mientras escucho la radio en esta tarde triste, con la angustia en la boca del estómago diciendo 'hola, aquí estoy, he venido para quedarme'. Y siento como me invade la tristeza y la dejo sin resistencia. No la paro, no disimulo, no lo intento. Porque sí, soy vulnerable. Y estoy triste, muy triste. 

Sé, lo sé, que todo irá a peor. Y ante el desastre lo único que me queda es la tristeza. No soy inmune a lo que sucede y me parece todo tal descalabro que desconozco cómo saldremos del laberinto y no entiendo cómo hay quien se alegra, quien lo celebra - y he visto a algunos que conozco, tratado y tengo cariño hacerlo por las redes sociales-. Así que me rindo ante el desconsuelo y me declaro vulnerable. Es lo que me queda. 

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