No tengo fobia a los turistas. Yo misma lo he sido todas las veces que he podido y aspiro a seguir siéndolo unas cuantas más, pero negar que Barcelona tiene un problema con el turismo es la mejor manera de que éste se agrave. Porque existe.

Cuando llegué a Barcelona hace 14 años solía ir a menudo a la Barceloneta. Ahora ni se me ocurre en verano y evito los fines de semana y fiestas de guardar. Resulta imposible no sentirse agobiada por la marabunta de extranjeros que llenan la playa, los chiringuitos, los bares, las terrazas y las calles. Como son un gran negocio, la zona se ha adaptado para ellos, con sus pisos turísticos, las cervezas a precio de champán francés y las paellas de plástico. Los vecinos de toda la vida llevan varios años en pie de guerra denunciando el ruido y las molestias que padecen día sí y día también, con sus noches y sus botellones. No se trata de que sean unos cascarrabias, sino de que cada vez les resulta más difícil vivir en su barrio.

El mismo patrón se está extendiendo por las zonas céntricas de la ciudad. El barrio de Sant Antoni, por ejemplo, está sufriendo una gran transformación y son ya varias las plataformas que alertan de las prácticas mafiosas del sector inmobiliario: compran un edificio entero, echan a los residentes subiendo los alquileres a precios astronómicos, imposibles de pagar para nuestros bolsillos, lo remodelan y alquilan a los turistas. No hablo de oídas. Sé de un piso de 40 metros en la Calle Sepúlveda, de una habitación, con la cocina integrada en el comedor, un sexto sin ascensor, que cuesta 1.700 euros al mes. A mi casa han llamado ya tres veces para ofrecerme una tasación en el momento y la oferta de que me lo comprarían en un plis-plás.

Estuve también en una reunión del grupo ‘Fem Sant Antoni’, que escuchan y asesoran a los vecinos que les piden ayuda y organizan protestas en la calle para denunciar lo que está ocurriendo. Una señora contó su caso: su padre de 87 años era uno de los dos habitantes de un edificio que resistían a los buitres de una inmobiliaria que ya habían conseguido echar a los demás gracias a la práctica de doblarles el alquiler. Su padre, que lleva viviendo en el piso desde que nació, porque sus padres ya residían allí, tenía renta antigua, así que no le pueden echar, pero le amargan la vida como pueden; no arreglan los desperfectos de la escalera, por ejemplo, o la luz y el agua van y vienen sin tener nadie a quien poder quejarse, porque no se sabe quién es exactamente el comprador del resto de los pisos del edificio. Lo último fue llamarle para ofrecerle dinero si se marchaba, exactamente 8.000 euros. Su hija lo contaba indignada: “Mi padre llora cada día porque le hacen creer que no tendrá otra opción que dejar la casa en la que ha vivido toda su vida y ahora le ofrecen 8.000 euros. Deben haber hecho cuentas y han pensado que con 87 años ya no le queda mucho y que iba a coger el dinero, ese es el precio que le han puesto”.

Eso cuesta una vida entera en el que es tu hogar y el de tus padres: 8.000 euros. Y si al final logran hacerse con el edificio entero lo adecentarán y modernizarán, partirán cada piso en dos y, venga, a alquilarlo a precios desorbitados que sólo pueden pagar los extranjeros, en ningún caso la gente del barrio. Así que el fenómeno de la turismofobia no es un berrinche de barceloneses con mal carácter, sino un problemón para muchos que ven en los guiris al enemigo cuando, en el caso de las inmobiliarias, el contrario, el perverso, el malnacido, el desalmado, no es de fuera, sino de aquí mismo.

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