Hace unos días un grupo de niños de un colegio inglés acudió a clase vestido con el uniforme femenino. El motivo fue que, pese a las altas temperaturas de la ola de calor, el dress code escolar no contemplaba el uso del pantalón corto y decidieron protestar enfundándose la falda de sus compañeras.

Los pequeños estaban ideales y me llamó especialmente la atención la finura con la que, inconscientemente, cruzaban y cerraban las piernas (evitando la agresividad del manspreading que sí favorece el pantalón). También varios trabajadores del transporte público de Nantes optaron por quejarse del código de vestimenta de la empresa con la misma escenificación indumentaria y un joven británico se plantó en la oficina con un vestido de su madre.

No hace más de trescientos años que el macho occidental (el ombligo del mundo) prescindió de las comodidades y belleza de la falda. La vestidura militar de los romanos (y de los griegos y los etruscos antes que ellos) promocionó la pierna como uno de los atractivos para la ostentación de la fuerza varonil, el atletismo e incluso la proeza sexual. Las faldas, particularmente aquellas que descubrían una gran proporción de la pierna, permitían a quienes la llevaban hacer gala de su virilidad y masculinidad. Las largas, en forma de toga o sotana, obligaban al hombre a caminar sin apresurarse ofreciéndole esa impronta de solemnidad, equilibrio y serenidad (es decir, de sabiduría).

Pero fue durante la Edad Media (en líneas generales, etapa de un enorme retroceso y adormecimiento) cuando la falda masculina fue sustituida por calzones. Hubo que esperar a la Revolución Francesa para que gracias (en serio, agradecimiento sincero y eterno en este asunto) a los sans culottes ("sin calzas") el pantalón corto de la corte quedara proscrito del atavío exterior varonil. Desde entonces, los shorts, los bombachos, los piratas y sucedáneos varios se perciben como ridículos fuera de un régimen absolutista y un contexto infantil u ocioso. Pero lamentablemente, pese a los numerosos intentos de multitud de diseñadores por reincorporarla al armario masculino hetero (incluso en Zara el pasado año se podía adquirir una) y a excepción del Kilt escocés, la falda que protegió siempre al hombre desde que este empezó a cubrirse sigue concibiéndose como una prenda exclusivamente femenina.

Con todo, hoy pienso en esos representantes públicos que creen desafiar el uniforme diplomático occidental y el calor presentándose en actos institucionales con pantalones cortos o bañador, sin saber que contribuyen a un ridículo histórico y visual. Lo revolucionario, transgresor, radical, subversivo, varonil, bello y fresquito sería atreverse con una falda. Quien lo haga en el panorama político nacional (siempre y cuando lleve ropa interior debajo), contará con mi apoyo (amor).

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