Si hay algo seguro en esta vida es que, con un poco de suerte, nos haremos viejos. A mí me gustaría llegar a vieja con unas condiciones; la principal es estar lúcida y que nadie me tenga que limpiar el culo. Si lo logro tendré además otra suerte: mis padres decidieron llamarme Gemma y no Engracia, Dolores o Angustias. Aún me quedan miserables para toparme, de eso también estoy segura, pero algunos, sólo por cómo me llamo, al parecer me los voy a ahorrar.

340 ancianos de Barcelona, más o menos, han sido estafados por falsos revisores del gas que se plantaban en su casa después de buscarles a conciencia. El inspector Joan Coll de la Comisaría de Nou Barris lo explicó tal cual: “Buscaban en el listín telefónico a personas que casaran con personas de la tercera edad; Angustias, Eustaquio, Eufrasio, Dolores, Engracia o Encarna”. Llamaban y, efectivamente, eran viejos. No sólo les robaron el dinero, en efectivo, sino que mientras uno les entretenía otro buscaba por la casa y se llevaba objetos de valor. Hay que ser muy hijo de puta. Sin perdón ni nada. 

Lo de más o menos es porque hay muchos ancianos que no se han atrevido a denunciar, así que la cifra puede ser aún mayor. Les daba vergüenza hacerlo. Además de estafados, robados, la vergüenza de no querer contarlo para que no se les eche en cara que han perdido facultades, que encima les regañen, que les miren con condescendencia. A los miserables les daba igual que estuvieran lúcidos, sufrieran algún tipo de demencia o incapacidad. A la pregunta de si la maldad en estado puro existe ya había respuesta, pero el pasmo ante la falta de cualquier ética o moral no debería dejar de causarnos indignación.

Hay quien se aprovecha de la fragilidad, la vulnerabilidad, la soledad. Todos les vemos, en cuanto sale un poco el sol, ocupando los bancos en las pequeñas plazas ni que sean rodeados de cemento, buscando calorcito y muchas veces compañía y conversación. Luchando contra los ‘bips-bips’ de los semáforos que, en algunas calles son imposibles de cruzar ni en plena forma y todavía hay idiotas que le pitan el claxon. En los cajeros de los bancos advierten que nadie mire tu número personal ni dejes a terceras personas, pero ya son unas cuantas veces las que, ante la cara de susto y la evidente desorientación algunos me han dejado ayudarles. En los supermercados pagando siempre en efectivo y buscando los céntimos justos en los monederos.

En la estación de Atocha me contó el miércoles un amigo, en plena operación de salida de la Semana Santa, que una anciana iba preguntando si era la cola para Sants en la que iba a Logroño. Que la cogió la maleta, le buscó su asiento. “Neus, me dijo que se llamaba, y que era la primera vez que cogía el AVE y había ido a Madrid”, y que ya en Sants volvió a recogerla la maleta, la acompañó a la cola de taxis y ella quería pagárselo, agradecida. 

A Neus no le han robado en casa los miserables. Porque no tiene un nombre viejo, aunque lo sea. Pero sigue siendo frágil y necesitando ayuda. Hay quien decide aprovechar la debilidad ajena para aprovecharse. Y duermen tranquilos por las noches. Hay amorales, existen los malvados. A gran escala, como los de la tarjetas black, los Millet y compañía y la infinita lista de corruptos, banqueros y empresarios que esquilman a los trabajadores y se aseguran jubilaciones y retribuciones millonarias. Y a pequeña, como los seis falsos revisores de gas que buscaban Angustias y Eustaquios.

Hay días en los que me fijo en las organizaciones solidarias vecinales, en los voluntarios, en las ONG, en los de Proactiva Open Arms y días en los que con solo encender la radio parece que la mierda te entierra hasta el cuello. Hay días de Angustias y días de Luz.

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