Se llamaba N.F. L y tenía 44 años. Su hija de 14 años encontró su cadáver cuando llegó a su casa de Alcobendas después de la escuela y alertó a la policía. Detuvieron a su ya ex pareja como presunto autor de los hechos.

“Asesinada a golpes y cortes”, era el titular de la noticia ayer en El Mundo. “Asesinada una mujer de 44 años en Alcobendas”, era el de la breve noticia publicada en El Periódico. ¿Y el resto? Nada. Ni unas líneas. Nada. La noticia de la que, según todos los indicios, será la víctima número 52 por violencia machista este año no aparecía en El País, ni en La Vanguardia, ni en el Ara en sus ediciones de papel. 

Se llamaba María del Castillo Amaya Vargas, Casti como la llamaban en su pueblo de Lebrija, y tenía 37 años. Había denunciado dos veces a su ex pareja. Tenía una orden de alejamiento. El pasado miércoles el hombre –la bestia– la golpeó y apuñaló primero, después la arrojó por el balcón. Por último, y cuando María del Castillo Amaya Vargas, Casti, estaba moribunda tendida en la calle, el ex marido se fue a por su furgoneta y la arrolló. Tenía dos hijos de 7 y 11 años.

Se llamaba Yessica Paola y tenía 24 años. Su pareja de 33 le asestó una docena de puñaladas en la madrugada del miércoles en presencia de su hijo de 6 años y después se entregó en una Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía de Fuerteventura. 

Son las tres últimas asesinadas en España solo por el hecho de ser mujeres. Van 51 y hay cuatro casos, incluyendo el de la mujer de Alcobendas, que se están investigando pero que todavía no han pasado a engrosar la triste lista. Si lo hacen, serán 55 las asesinadas a manos de hombres, lo que superaría las 54 muertes de los años 2013 y 2014 y las 52 del año 2012. Aún así, ayer en la prensa en Barcelona solo pude encontrar la noticia en El Mundo y en El Periódico. En el resto, silencio.

No sé cómo nos hemos acostumbrado a estas cifras desoladoras. No sé cómo consentimos que sean solo números, sin pararnos siquiera en las historias que hay detrás. No sé cómo somos capaces de ignorar un problema tan grave hasta el punto de que ni siquiera sea noticia. No sé cómo algunos siguen queriendo explicarse sobre la violencia doméstica y no machista. No sé cómo se atreven. No sé cómo hay quien aún hoy, todavía ahora, con 51 mujeres asesinadas en el 2015, tres en la última semana, siguen empeñándose en poner el foco en asuntos como las denuncias falsas. No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza. 

Sé que en el debate del pasado lunes todos se pusieron de acuerdo para afirmar con gesto grave que estaban en contra de la violencia de género. ¡Uf! Menudo alivio. Y que Soraya Sáez de Santamaría se emocionó y todo pidiendo a las adolescentes que no se dejaran mirar el móvil. Y ahí acabó su ‘propuesta’. Si hasta ahí llegaban sus medidas, la verdad es que podría haberles dicho a los adolescentes que no controlen a sus novias, que no les miren el teléfono, que no vejen, que ni se les ocurra maltratar a una mujer porque entonces serán perseguidos, denunciados y se hará justicia.

Sé que el Gobierno del que ella es vicepresidenta ha recortado el presupuesto destinado a la violencia de género en un 26% desde el 2010. Sé que cuando hablé este verano con Francisca Bermejo, magistrada del juzgado número 2 de violencia de género en Barcelona, no dudó ni un segundo para responder a la pregunta de qué era lo más urgente: “Hay reducción de plantilla, falta de especialización, faltan recursos. En mi juzgado por ejemplo hay tres funcionarios menos, lo que a efectos prácticos significa que todo se ralentice, los trámites son más lentos. Le pasa también a la policía, que no tienen suficientes medios para atender a todas las víctimas en las órdenes de protección, por ejemplo. Hay menos trabajadores sociales, menos psicólogos. Menos de todo”.

Sé también que Albert Rivera de Ciudadanos se ha metido en un jardín tenebroso del que intenta ahora salir como puede, pero ya me dirán en qué cabeza cabe venir a confundir la violencia familiar con la violencia machista. Negar así que existe violencia machista.

Sé que falta fundamentalmente educación, que la única solución es la educación, pero mientras, lo que faltan son recursos y sensibilidad. Tomarse en serio el problema sería un primer paso y para ello es necesario que desde los medios de comunicación se repitan una, y otra y otra vez, los nombres de las víctimas, sus historias y la cruel manera en la que fueron asesinadas. No estamos exagerando, no somos quejicas, no somos pesadas, sí que es para tanto. Y para más incluso. No me pienso callar. No toleraré ni una bromita al respecto a mi alrededor porque ni tienen, ni me hacen, puñetera gracia. Seguiré diciendo que me parecen una vergüenza las supuestas noticias en las webs cuyo único objetivo es colar la foto de una mujer en pelotas, denunciando que cobramos menos por el mismo trabajo, que con la crisis las más afectadas somos nosotras según los últimos datos, da-tos, no opiniones ni percepciones. Seguiré pidiendo que den voz a los especialistas, los jueces, las fuerzas de seguridad para que atiendan a las necesidades reales y urgentes que existen en la violencia machista. Seguiré exigiendo que nos lo tomemos como lo que es: Una prioridad.

Se llamaba N. F. L. Tenía 44 años y su hija de 14 la encontró muerta a golpes al volver de la escuela. Y ni siquiera fue noticia.

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