Después de escuchar a Mariano Rajoy comentando el partido de la Champions del Real Madrid en la COPE mientras se escaquea de debates, ver a Pedro Sánchez haciéndose el machito con Bertín Osborne, a Pablo Iglesias tocar la guitarra con María Teresa Campos y a Soraya Sáenz de Santamaría subir en globo con Jesús Calleja después de bailar en El Hormiguero, solo me quedaba ayer leer un titular de la Agencia EFE: “Báñez dice que se podrán crear dos millones de empleo en la próxima legislatura”.

Fátima Báñez, la ministra de Empleo que se empeña en seguir diciendo que gracias a ella y a la reforma laboral todo va bárbaro en este país. Esa misma Báñez.

Dentro de la carrera para bobos en la que se ha convertido la campaña electoral, la que ha conseguido sacarme más de quicio es Báñez. No es la primera vez. Hay que tener la jeta de cemento armado para seguir sacando pecho por el empleo y prometer que se crearán dos millones de puestos de trabajo en los próximos cuatro años siempre y cuando ganen los de ella. 

El jueves hablé con un amigo. 41 años. Lleva trabajando desde que tenía 19. Se marchó de casa de sus padres, en el norte de España, para vivir y trabajar en Madrid desde muy joven y lleva los tres años últimos sobreviviendo a duras penas entre un trabajo de mierda y otro, con sueldos miserables y contratos basura. Ahora no tiene trabajo. Ha enviado currículums de lo suyo, periodista, a todo el mundo. Y nada. En febrero se le acaba el paro y comienza a estar lógicamente desesperado. No es el único caso cercano que conozco. Y tampoco me hace falta mirar muy lejos para ver que a mi alrededor hay gente con problemas hasta para acceder a lo básico, alimento y vivienda, por culpa de una crisis económica que ni se ha solucionado, ni ha pasado, ni tiene pintas de irse pronto.

Durante este fin de semana en Cataluña volvió a realizarse El Gran Recapte, una campaña de recogida de alimentos básicos. Se calcula que un 20% de la población vive en situación de pobreza y participaron más de 20.000 voluntarios. He escuchado mordaces críticas sobre la iniciativa y el concepto de caridad, bromas crueles sobre el buenismo de los voluntarios. Hay que ser muy mezquino cuando en los últimos años ya ha quedado demostrado que gracias a otros buenistas, gente que se unió para luchar por sus derechos y defender y ayudar a otros ante el desamparo y los atropellos del gobierno o administración de turno, son muchos los que han podido comer caliente o mantener un techo. Cuando todo lo demás falla, lo único que nos queda es la solidaridad. 

En el barrio en el que vivo, en Sant Antoni, hay una ONG que se llama De Veí a Veí. Comenzó hace cuatro años cuando un grupo de vecinos se percató de que otro, después de dejar al niño en el colegio, rebuscaba entre los contenedores, y decidieron organizarse para ayudarle. El objetivo es tan sencillo como echar una mano a los que lo están pasando mal. 

El desprecio con el que algunos se mofan de los buenistas debe ser directamente proporcional a lo podrido que deben de tener el alma. Sí, señoras y señores, vivimos en un país, en una ciudad, en un barrio, en el que es necesaria la caridad. Bienvenidos a la realidad. Esa que los políticos en campaña se empeñan también en disfrazar mientras se dedican a pasear palmito en los medios esforzándose por parecer humanos y cercanos. Esa que Fátima Báñez ni siquiera ve. Esa.

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