Algún día alguien hablará de nosotros. Y nos dará mucha vergüenza. ¿Cómo lo hacéis vosotros? ¿Cuál es el truco para seguir viviendo como si nada? ¿Qué os decís cada día para no sentiros culpables?

¿Nunca os parece que sois, que somos, unos miserables? De verdad, ¿cómo lo hacéis para no oír, no ver, no sentir? “Esta es una emergencia de refugiados. Estamos cansados de ver como a menudo se suele hablar de crisis migratoria. Esta gente no está huyendo de la crisis económica.

Estas personas huyen de Siria, del conflicto en Afganistán o de los combates en Irak. El nivel de sufrimiento que estamos viendo es insoportable. Llegan pensando que están en la Unión Europea, pero lo que vemos no es nada que sea aceptable en los mínimos estándares aceptables de tratamiento. No hay nada esperándoles y la asistencia está principalmente proporcionada por grupos de voluntarios”, nos soltó hace unos días a la cara Vincent Cochetel, director para Europa de ACNUR. ¿Cómo se hace para que no nos importe? Y, cuando se consigue, ¿en qué nos convierte eso?

“No es lo que solemos hacer, no es lo que sabemos hacer bien, no es a lo que nos dedicamos. Somos un parche, cubrimos un hueco que está dejando la Unión Europea y los servicios de guardacostas, y los ejércitos europeos no asumiendo sus responsabilidades. Nosotros estamos ahí porque no hay nadie. Europa al final parece que está haciendo una gran gymkana en la que es complicado llegar y el que lo consigue se lleva el premio, pero para llegar hay que jugarse la vida en estas embarcaciones maltrechas, con tu familia, tus hijos, arriesgando la vida de mala manera”, nos ha contado Paula Farias, la coordinadora de Médicos sin Fronteras en la crisis del Mediterráneo.

Hasta Frontex, la agencia europea encargada de vigilar las fronteras, no de socorrer, ha alertado de que la situación es de emergencia y ha hecho público que solo han recibido el 16% del material técnico solicitado y el 20% de los recursos humanos necesarios. Se lo habían prometido, pero les falta de todo. Desde lanchas patrulla, cámaras de visión nocturna, detectores de latidos cardíacos, hasta personal para ayudar, ni que sea sostener, a los que llegan exhaustos y en condiciones lamentables. 

Hacinados en bodegas de barcos, amontonados en lanchas hinchables de una sola cámara de aire, encaramados en lo alto de camiones en el Eurotúnel, encogidos en maletas. Hombres, mujeres, niños. No tienen otra alternativa. Si la tuvieran, no se jugarían así la vida. Y cuando llegan, se topan con una Europa que no sabe qué hacer con ellos, que solo quiere quitárselos de encima. “En términos de agua, de higiene, de asistencia alimentaria, no tienen ni siquiera un techo. La situación es caótica”, alerta ACNUR.

¿Es que no lo estáis escuchando? ¿Es que no les vemos? ¿Es que no queremos verlo? ¿Es que preferimos hacer que no lo vemos? Y una última pregunta: ¿Es que no vamos a hacer nada?

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