En el mejor de los casos nos pasamos la vida entera intentando aprender lo que desconocemos aunque solo sea por simple curiosidad, así que cabe preguntarse por qué disimulamos a veces como si supiéramos en lugar de admitir que no es así.

Por ejemplo: El pollo de Grecia y la Unión europea. Ante los titulares catastrofistas sobre el abismo y el disloque de salir del Euro me armé de valor aún a riesgo de parecer gilipollas para preguntar en voz alta cuáles habían sido las ventajas de haber entrado a formar parte del megaproyecto de ‘la gran Europa’. Y cuestioné a los de mi alrededor: ¿Tú has ido a mejor? La respuesta general ha sido que no. Que ni de coña.

Se me escapan las explicaciones macroeconómicas, del mismo modo que sigo sin comprender de verdad cómo vuela un avión o flota un barco aunque entienda las teorías, así que cuando escucho determinados términos económicos que sé lo que significan me da pudor reconocer que, a pesar de todo, sigo estando algo perdida. Hablando en plata: Que pregunté en qué nos había beneficiado entrar en el Euro a ver si alguien me lo sabía explicar. Y no ha habido manera.

Mi sueldo sigue siendo igual, y hasta inferior durante algunos meses (soy autónoma) que ‘antes de’, pero la caña que me bebo cuesta 400 pesetas de las de antes y si hago el cambio saco normalmente 50 euros del cajero cuando no recuerdo jamás haber extraído hace unos años 10.000 pesetas. Pa qué iba yo a sacar ese dineral de una tacada, vamos. Sé que no tendré una pensión a pesar de llevar trabajando desde los 18 años e intento no angustiarme con ideas como qué haré si caigo enferma o de dónde sacaré el dinero cuando sea vieja si llego. A pesar de la pérdida de poder adquisitivo y de la certeza real de un futuro incierto, la señora presidente del FMI, Christine Lagarde, recomendó a los gobernantes del país en el que vivo subir el IVA, abaratar el despido, bajar los salarios y un par de medidas más para seguir asfixiándome un poquito más mientras ella se subió el sueldo un 11%. Cobra 323.485 euros, nada menos, con un suplemento de 57.912 euros que no tiene que justificar. Ea.

Tampoco llego a entender el argumento de que Tsipras es un bellaco por preguntar a los ciudadanos que le han elegido como su gobernante si aceptan o no las propuestas del Eurogrupo. Así, en principio, parece algo de lo más cabal y sensato. Sobre todo cuando las medidas en cuestión son para seguir apretándoles el pescuezo. Y por mucho que me lo expliquen, igual que la teoría de cómo puede mantenerse en el aire un armatoste de 1.200 toneladas, no lo pillo.

En fin, que no entiendo. Vergüenza me da dejarlo así escrito, pero es tal cual: Que no lo entiendo. 

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