No molestar

Tecleo mientras el tren sale de Atocha en una tarde soleada. La estación está como la ciudad, medio vacía, callada, con la mayoría de los bares cerrados, igual que el kiosko de prensa y el acceso desde Cercanías al AVE. Todo parece funcionar a medio gas, un quiero, pero no puedo, no debo. Antes de salir un empleado frota las barandillas de las puertas y por megafonía anuncian que no hay servicio de cafetería y sí medidas excepcionales de limpieza. Hay más asientos vacíos que ocupados en mi vagón, que no es el silencioso aunque podría serlo. Habrá quien ya se haya acostumbrado a lo que llamaron la nueva normalidad, pero desde luego esa no soy yo.

Mientras Madrid se prepara para más medidas restrictivas y anuncian que a partir del lunes serán más las zonas confinadas con la ayuda de la policía y hasta del ejército, mientras crece la angustia y el desánimo y Salvador Illa advierte que a la ciudad le esperan unas semanas duras, los políticos siguen con su política de gestos inútiles y frases ridículas agotando la paciencia del personal. Del “Madrid es España en España” de Isabel Díaz Ayuso al “prefieres ser virus o vacuna” de Ignacio Aguado o a la inauguración de un dispensador de gel hidroalcohólico en una estación de metro. Y lo peor es que el asunto es tan serio que no me salen ni las bromas y sí un puñado de reproches y palabros que no reproduzco porque la vergüenza que me dan es la que no parecen tener ellos. 

En Madrid he visto por fin a mis padres, a mi hermano, a mis sobrinas. Con todas las precauciones, las mascarillas, los geles, las distancias y los espacios ventilados, pero al menos nos hemos visto. De aquí a tres meses justos será Navidad y aunque no sabemos cómo vamos a celebrarla, ya somos conscientes de que no podremos hacerlo como la última vez, como siempre: todos juntos (catorce personas, tres abuelos) en una casa. La vida se ha convertido ahora en esta cosa rara en la que nos tapamos la cara, nos saludamos con el codo y los abrazos son brevísimos, rociados en desinfectante y aguantando la respiración cuando no puedes reprimirte más. Nos hemos convertido en seres extraños con miedo del aire que respiramos y exhalamos, con cuidado para no reír ni besar. Resistir ante la tristeza de encuentros tan escuetos que se vuelven desencuentros junto a la gilipollez de nuestros políticos, la inutilidad de algunas de sus medidas y el agobio por lo que sospechamos que vendrá es una prioridad y empeñarse en ser feliz será un currazo, pero estar continuamente amargada, furiosa o ansiosa me parece un plan de mierda. 

No soy virus ni vacuna, la Ayuso me saca de quicio y espero que no vayan a hacerse fotos con otro dispensador del tamaño de una jabonera de un bar mientras nos siguen tomando por gilipollas que aún no se han enterado de lo importante que es lavarse las manos. Mientras, al Molt Honorable señor Torra le pediría que no meta el cazo en sopa ajena, que ya bastante tenemos. No es necesario que me advierta que beber lejía sería perjudicial para mi salud -todavía no ha llegado, menos mal, al nivel de Trump- como tampoco lo es que recomiende no viajar a Madrid a los catalanes. Ser un oportunista en pandemia queda fatal y ya sabemos lo mucho que le importan a él las formas y las puestas en escena. Me estoy esforzando una barbaridad por no dejarme llevar por la ira ni la pena y sospecho que no soy ni mucho menos la única, así que a ver si nos echan también una manita, ¿eh? O al menos, que no molesten. 

 

 

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