Cortarse el pelo

A mi madre la operaron ayer de cataratas, nada grave comparado con la del corazón de hace seis años. En pleno confinamiento, cuando me llamaba angustiada por lo que veía en televisión y le recomendaba que estuviera atenta a qué le provocaba ansiedad y dejara de ver a Ana Rosa Quintana, que mirara películas, que leyera, me contestaba que leer no podía porque no veía las letras y que le costaba también coser las mascarillas con las que ocupó su tiempo en cuanto se le pasó un poco el susto mientras no podía salir de casa ni para comprar el pan y mi hermano les llevaba cada semana la compra y se la dejaba en el descansillo. Porque mi padre, con 81 años, también sufrió un infarto hace años, los dos son de riesgo y estuvieron encerrados casi tres meses en la casa de Alcorcón de 75 metros cuadrados en la que me criaron y crecí.

Alcorcón es ahora el décimo municipio de España con más casos diagnosticados de coronavirus en los últimos 14 días por cada 100.000 habitantes según informó ayer elDiario.es Nueve de las diez ciudades con más contagios en las últimas dos semanas están en la Comunidad de Madrid. La pandemia está descontrolada, los centros de atención primaria no dan abasto y estoy esperando a ver qué dice Isabel Díaz Ayuso hoy sobre las nuevas restricciones porque tenía previsto ir la semana que viene a ver a mis padres, a mi hermano, a mis sobrinas. La última vez que estuvimos juntos fue en Navidad. He estado esperando al mejor momento y relegándolo en varias ocasiones, como en julio porque en Barcelona se puso la cosa mal y en agosto porque ellos estaban en el pueblo de mi padre en Ávila y yo tenía que recuperar algo de todo lo que había perdido, profesional y económicamente, durante el confinamiento cuando casi todos los trabajos se me fueron cayendo como piezas de un dominó y los que quedaron pagaban la mitad, o el 30% por la misma colaboración.

Ya no puedo esperar más. Sueño con ellos, tengo pesadillas y una congoja constante. No lloro porque no soy capaz; es la secuela que me ha quedado a mí de la pandemia, que no me salen las lágrimas -con lo que yo he sido, madre mía, que lloraba hasta con un anuncio de maquinillas de afeitar si estaba con el síndrome premenstrual-. Y ahora nada, que no hay manera. No sé cómo lo voy a hacer para no abrazarles, sí sé -porque mi madre no se calla nada- que les jode que no me quede a dormir en su casa, en la mía, y que les avise que tenemos que quedar en una terraza mientras intento convencerles de que algo es algo… Todo eso era antes, hace cuatro días, tres, cuando no quería ver lo que ya nos estaban avisando, cuando Isabel Díaz Ayuso culpó a los inmigrantes “y a su modo de vida”, de lo que está sucediendo en Madrid.

Ahora, hoy, siento el conocido peso en el pecho de la ansiedad a la que no puedo dar salida con las lágrimas al tiempo que grito a la radio y asusto al perro cada vez que escucho a Díaz Ayuso, o a Aguado, o que Pedro Sánchez le ha mandado una carta para reunirse con ella. No entiendo nada. No entiendo cómo es posible que no reforzaran los centros de atención primaria, que no contrataran rastreadores y, sobre todo, no comprendo cómo pueden seguir intentando sacar rentabilidad política en esta situación los unos y los otros, aunque unos más que otros. Me desesperan, me enfurecen. Vuelvo a sentir un miedo primitivo en las entrañas y una tristeza infinita por todos los abrazos que no nos hemos dado, todos los besos que nos hemos perdido, esos ratos que ya no tendremos y una angustia que me come cada vez que escucho lo que está pasando en mi Madriz mientras los que la gobiernan siguen en pleno desgobierno.

Me he cortado el pelo, por fin, después de nueve meses porque quiero que mis padres me vean guapa y me he echado un tinte un poco naranja porque el peluquero insistió en que me daría “alegría a la cara”. Les mandé una foto y mi madre dice que me queda fenomenal, mi hermano que me parezco a mi tía Mari y una de mis sobrinas que estoy guapísima. Yo seguiré pendiente de lo que diga hoy Isabel Díaz Ayuso mientras rezo, y no soy creyente, para que alguien resuelva algo de una puta vez.

 

 

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