Las exageradas

El 57,3% de las mujeres mayores de 16 años que viven en España ha sufrido algún tipo de violencia machista en su vida. Es sólo uno de los datos de la Macroencuesta de Violencia contra la mujer 2019, que fue presentada ayer. La consulta, que se realiza cada cuatro años desde 1999, concluye que 11.688.411 mujeres han soportado violencia por el simple hecho de ser mujer. La cifra es escalofriante, pero lo peor es que estoy convencida de que no es cierta. Hay más. Porque hay mujeres que aún no son conscientes y no identifican actitudes machistas como tales. Las tenemos tan normalizadas y nos han dicho tantas veces que sonriamos, que no nos quejemos, que estamos exagerando, que calladita estás más guapa, que no hay por qué ponerse así o asao, que estoy segura de que hay más.

Ayer mismo escuché en una tertulia de radio que comentaba la noticia a una mujer que también ponía en duda los datos. Afirmaba que una cosa es el acoso y otra sentirse acosada. Es decir, ponía en duda la percepción de las mujeres por razones contrarias a la mía. Los tocamientos que parecen fortuitos, los restriegues en un autobús o un vagón de metro, la mano que te roza la teta y parece un accidente. Todo eso que es indemostrable pero que percibimos como una invasión y que nos repiten que son cosas nuestras, de nuestras cabezas locas, porque somos unas histéricas, claro.

Por supuesto, a las abejas reina no les ha sucedido jamás porque ellas son muy listas y muy capaces, no como las quejicas que ven acoso donde no lo hay. A la tertuliana en cuestión le siguió el comentario de otra, también mujer, que aseguró que violencia es otra cosa, que no se puede comparar por mucho que un comentario te pueda dejar destrozada o te haga daño, con la violencia real. Porque al parecer la otra no es real, es irreal. Y si te lastima es porque eres una acelga. Este tipo de comentarios siguen siendo habituales entre algunas que se sienten superiores al resto y señalan a las demás como plañideras con la piel muy fina. Ni que fuera por empatía se les debería caer la cara de vergüenza, porque ante una macroencuesta que señala que sólo un 8% de las mujeres violadas lo denuncian y que los motivos que aducen de forma mayoritaria para no acudir a las instituciones son la vergüenza, el temor a no ser creída y el miedo al agresor, les debería hacer reflexionar.

Dejen de poner el foco en nosotras. En si tendríamos que ser más cuidadosas, no caminar solas por la noche, no beber, no salir, no relacionarnos con extraños, no estar tan pendientes, o estarlo de más. Porque más del 80% de las mujeres que han sufrido una agresión sexual relata que fue cometida por un hombre que sí conocían. Es el amigo, el primo, el novio, el compañero de trabajo, no un desconocido. Y eso dificulta aún más que se produzca una denuncia porque la vergüenza y la sospecha de que no seremos creídas y sí culpabilizadas pesa como una losa.

Son ellos. Ellos los agresores, los acosadores, los que se creen con derecho a invadir, a tocar, a decir, a llamar, a forzar en último extremo. Es tu hija, tu amiga, tu compañera, tu hermana, tu mujer, tu novia, la que según los datos -una de cada dos- ha sufrido algún tipo de violencia machista en su vida. Así que dejad de cuestionarlas y empezad a escucharlas. Los datos son intolerables. Y el problema no está en nuestra percepción, sino en un sistema que nos silencia y nos lleva a creer que algo hemos hecho mal, por activa o por pasiva, mientras los machistas continúan pensando que somos unas piradas, unas exageradas.

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