Un sinvivir

Leo mejor en papel que en una pantalla y después de tantos años trabajando en un periódico no he perdido la costumbre de ir al kiosko del barrio. Relajada en una terraza abro el diario, La Vanguardia, y me encuentro en la página una noticia titulada: “Detenido tras intentar matar a su expareja quemándola viva en su casa”. Y entonces, inmediatamente recuerdo algo.

Hace tiempo una amiga me contó que el novio con el que todo el mundo pensaba que tenía una buena relación, con el que compartía piso y al que acababa de dejar seguía acosándola. El tipo no era tan majo como todo el mundo, salvo mi amiga, pensaba y había estado escondiendo, simulando que les iba fenomenal. Tenía estallidos de cólera a menudo y los podía provocar cualquier cosa, como que ella quisiera quedar con un amigo, le diera un like a otro en instagram (sí, le miraba el teléfono) o dijera en voz alta que algún actor que aparecía en televisión era guapo. Por supuesto, todo era porque la quería tanto, tantísimo, que el pobre no se podía controlar. Eso decía, pedía perdón y, al mismo tiempo, mi amiga aprendió a no decir nada, a no quedar con nadie, a anticiparse a su ira e interpretar hasta una ceja en alto como señal para estarse lo más quieta y callada posible. Cuando por fin le dejó, metió lo que pudo en dos maletas y se marchó lejos del piso que compartían, él enloqueció aún más. La primera noche la envió 100 mensajes al whatsapp, desde amenazarla con tirar su ropa al contenedor a llamar a su lugar de trabajo para que todo el mundo se enterara de lo malvada, de lo zorra, que era. De ahí a recordarle lo mucho que la amaba, lo mal que lo estaba pasando para después regresar al “tú no sabes con quién estás hablando”. Cuando le bloqueó siguió por sms. Y tras bloquear también el teléfono pasó al email. No quiso denunciarle, incluso sentía lástima por él y hasta volvió a desbloquearle en una ocasión. Él, por supuesto, siguió erre que erre. De la amenaza al no puedo vivir sin ti. Han pasado meses y ni siquiera se ha atrevido a buscar sus cosas al piso. Él continua enviando correos, a veces para suplicarla porque según él se ha dado cuenta de sus errores ya que la pasión le cegaba para al siguiente volver a intimidarla cuando no obtiene respuesta. Ella todavía no le ha denunciado.

El detenido por intentar matar a su expareja tenía una orden de alejamiento. El 24 de julio el juzgado de violencia contra la mujer de El Vendrell le condenó por delitos de lesiones en el ámbito familiar. La condena era de 44 días de trabajos en beneficio de la comunidad y la prohibición de acercarse a menos de 500 metros de la víctima durante 8 meses. Pese a todo, entró en la casa de madrugada y la prendió fuego. Ella está grave, internada en el Hospital Vall d´Hebron de Barcelona con quemaduras en el 60% de su cuerpo. Estaba acompañada de otra mujer que también resultó herida de gravedad. Su amiga, imagino.

No sé cómo convencer a la mía para que le denuncie porque no estoy segura de si servirá de algo o será todavía peor. Quizás si dejamos pasar el tiempo él se olvidará, se calmará y buscará una ayuda que desde luego necesita… o quizás no. Quizás siga con los mensajes, los correos, las amenazas. Quizás continúe en escalada hasta vaya usted a saber qué. O quizás desaparezca de una puñetera vez. No lo sabe ella, ni yo tampoco, pero ojalá, ojalá, no tener que dudar ni un segundo cuando algo así te sucede porque estés segura de que vas a estar protegida y que no te arrepentirás. Y ojalá, sobre todo, que él también lo supiera. Que ellos lo supieran.  Porque esto es un sinvivir. 

 

 

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