A Felipe VI se le cae la máscara

El de ayer fue primer homenaje de Estado aconfesional. Quizá por ello, por lo de laico, las formas del duelo fueron más laxas. Si ponemos atención en la familia real, en el funeral convocado por la Conferencia Episcopal la semana anterior, el luto estilístico fue estricto (salvo las mascarillas). Pero en esta ocasión, el rey se deshizo de la protocolar corbata lisa negra y apostó por una oscura con estampado discreto en blanco. La reina y la infanta Sofía se decantaron por vestidos en azul marino y la falda del de la princesa Leonor lucía en gris.

Ahora, que la presidenta del senado llegara a la ceremonia con una falda lila y una blusa dorada no tiene explicación (a no ser que confundiera un funeral con una boda). Porque cada uno expresa el dolor como quiere, también estilísticamente, pero dentro de la paleta cromática abierta y tolerada para el luto (más allá del negro y el azul marino; el blanco busca la serenidad, un detalle en rojo conecta con la fuerza y, en una crisis sanitaria, incluso el verde alberga más sentido que el que siempre se le asigna de esperanza). Aún cumpliendo con el color, las aberturas de la falda de Meritxell Batet también llamaron la atención y obtuvieron críticas. Pero personalmente, los deshechos que se echó el vicepresidente Pablo Iglesias encima (llevo años advirtiendo que la chaqueta le va grande...), el color indefinido del traje del ministro Alberto Garzón o la americana desabrochada de Josep Borrell se me antojan más graves que la raja de la falda de la presidenta del Congreso.

Y, por supuesto, el tema de las mascarillas merece un capítulo (denuncia) propio. Desconozco si en la invitación al evento se recomendó el uso de mascarilla negra, pero supongo que así fue a juzgar por la coincidencia de la mayoría de los asistentes. Fernando Simón explicaba hace unas semanas en su entrevista al País Semanal (sí, la de la portada con chupa de cuero a lomos de su moto) que no le importa la imagen y que no se peina desde los 15 años. Como epidemólogo encerrado en un laboratorio o un despacho, que en tus cejas aniden golondrinas o que te introduzcas el dedo en el oído y compruebes si sale cera quizá no tenga importancia (aunque estoy convencida de que sí). Pero si un día tu cargo como experto para el gobierno te exige salir públicamente a pedirle a la ciudadanía ser el máximo de higiénicos posibles, la cosa cambia. Tu imagen ya no sólo te representa a ti, también debe ser coherente con el mensaje que deseas trasladar. Y aparecer en el funeral de Estado (laico o no) con una mascarilla de tiburones no es la mejor de las ideas.

Vox no asistió a la ceremonia (sí lo hizo a la religiosa, claro). Pero, a juzgar por la mascarilla patriótica que suele emplear la ultraderecha, tuvo representación en Jose María Aznar. El ex presidente del gobierno se presentó con una mascarilla negra con la bandera de España bordada en un lateral. Cierto es que se trataba de un modelo, con sus respectivas banderas, muy parecido al de otros líderes internacionales como Macron o Trudeau. Pero ellos no la vistieron en un funeral y si hay que comparar deberíamos hacerlo con los alemanes. Por motivos históricos obvios, en Alemania no se utiliza la bandera de modo partidista y con connotaciones ideológicas. La bandera se reserva para actos deportivos. La apropiación de la rojigualda por la derecha española es uno de los motivos por los que una parte de la ciudadanía, aún sintiéndose españoles, no se ven representados en la bandera.

Miguel Ángel Revilla también escogió un modelo de mascarilla con los colores de la enseña cántabra. Podía haber sido peor: imaginemos que le da por una estampada con anchoas... En cambio, "los nacionalistas" Quim Torra e Íñigo Urkullu se abstuvieron de la senyera y la ikurriña... Ciertamente no era el momento ni el lugar. Aunque laico, se trataba de un funeral y por respeto a las víctimas había que guardar el luto, los reproches y las reivindicaciones.

Si la anécdota de la jornada fue que la princesa Leonor le recordara a su padre que se volviera a poner la mascarilla al terminar su discurso; no entiendo cómo los republicanos no le sacaron más punta a las dificultades del rey con el accesorio. Desde que llegó al Palacio Real no paró de recolocársela porque se le resbalaba. Y he ahí la metáfora: a Felipe VI se le cae la máscara.

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