La mascarilla

Criticamos cuando nos confinaron por no haberlo hecho antes y después hasta hubo quien se manifestó por no pasar de fase más rápido. Pusimos el grito en el cielo cuando salieron los niños a la calle un fin de semana de primavera y vaticinamos el apocalipsis por culpa de los runners. Ahora que estamos en la llamada nueva normalidad y que comienzan a haber rebrotes, tal y como nos habían avisado, también nos parece mal que nos obliguen a llevar mascarilla en los espacios abiertos. El caso es quejarse, de lo que sea, pero quejarse.

Llevar mascarilla con este calor no es agradable, pero tampoco me parece el fin del mundo. Escuché al jefe de Enfermedades Infecciosas del Hospital de Vall d'Hebron, Benito Almirante, cuestionar la utilidad de la decisión de la Generalitat de obligar a llevar mascarilla al aire libre a partir de este jueves aunque se guarden las distancias, mientras que otros aseguran que es una medida absolutamente necesaria porque el número de casos infectados por la Covid está creciendo exponencialmente en algunas zonas como ya ocurrió al principio de la pandemia. En los medios de comunicación abundan los tertulianos que lo mismo les piden opinión sobre el último libro de la Rahola como de la mascarilla, sin ton ni son. Reina el desconcierto, se forma el barullo, pero basta darse una vuelta por Barcelona para comprobar lo disciplinados que somos mientras miramos mal a los guiris que ya están aquí paseando con la jeta al aire.

En Consell de Cent con parte de la calzada pintada de amarillo para el uso de viandantes hay espacio de sobra para caminar sin toparte, pero aún así llevamos la mascarilla hasta que nos sentamos en una terraza y nos la quitamos. Hay geles hidroalcohólicos en las entradas de cada establecimiento, pero también mesas demasiado próximas en las que no se está guardando la distancia de seguridad, que es la clave tal y como nos han advertido desde marzo. Y aún así, en cuanto nos juntamos con amigos desaparecen las barreras y nos creemos inmunes, seguros, y nos damos abrazos y besos. Son los extraños, los otros, los desconocidos, los guiris, los que pueden infectarte, no tu amigo de la Universidad, el compañero de trabajo, tu prima o el vecino del tercero.

Íbamos a salir mejores de esto, más sabios, empáticos y conscientes de nuestra responsabilidad individual, incapaces de olvidarnos de nuestros muertos, de los sanitarios que se la jugaron sin medios, del enorme coste económico que ha supuesto el confinamiento y resulta que al final nos hemos quedado en una jaula de grillos enfurruñados por tener que llevar mascarilla por la calle porque yo controlo, yo sé, yo más y qué sabrán los demás y menos aún los que mandan y encima no se ponen de acuerdo. Ojalá, o-ja-lá no tengamos que arrepentirnos de los golpes de pecho indignados por taparnos la boca y la nariz cuando el virus sigue aquí y no hay una vacuna. Porque al final, lo que más me preocupa es lo pronto que hemos olvidado.

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