Los niños de rosa y las niñas de azul

Un estudio en EEUU reveló que los hombres usan menos la mascarilla que las mujeres, pese a que el covid19 se ceba más con ellos. Alfas como Donald Trump se niegan a ponerse una mascarilla porque sería reconocer que no son inmortales, que el virus puede afectarles y podrían caer enfermos (¿hola, hay alguna señal de vida inteligente ahí dentro?). Y les aseguro que el nivel de pavor a parecer débiles físicamente suele ser proporcional a su debilidad intelectual y emocional. Pánico a que la mascarilla los emascule (en inglés, se refieren al fenómeno como e-MASK-ulating).

El otro día, durante una clase de psicología del vestido en el que tratábamos el significado de los colores, precisamente una alumna me contó que había comprado un paquete de mascarillas desechables para su familia y venían en tres colores: verdes, azules y rosas. Ni sus dos hijos ni su marido escogían el rosa; sólo ella. Se alegró al conocer la historia de estos dos colores... Cuando a principios del siglo XX se empieza a emplear el rosa y azul para vestir a los bebés, el rosa era para los chicos y el azul para las chicas. La razón es que el rosa es un color más atrevido y fuerte, y se consideraba más adecuado para los niños, mientras el azul, que es más delicado y refinado, se reservaba para las niñas. Tras la II Guerra Mundial, los grandes almacenes intercambian los colores, se pasa a presentar al rosita como un color ñoño y hasta los movimientos feministas, sin plantearse nada más, condenan el poderoso legado que significa "la vie en rose".

Hace unas semanas un futbolista del Betis, Borja Iglesias, tuvo que explicar por qué llevaba las uñas de las manos pintadas de negro ya que cuando alguien advirtió en redes sociales de la manicura del deportista se inició una ola de comentarios homófobos. "Te lo explico yo, que no hay problema. Es una forma de concienciarme y luchar desde mi posición contra el racismo, pero creo que también me viene bien contra lo homofobia. Además tengo que admitirte que me gustan", contestó a través de un tuit el jugador.

Desde hace tiempo recibo mails de madres que me cuentan como sus hijos pequeños varones, pese a la presión social (compañeros de clase, abuelos, vecinos...), deciden vestirse con faldas, lentejuelas, bisutería y les encanta jugar a maquillarse, calzarse unos tacones o disfrazarse de Frozen. Y eso, queridos míos, no determina la orientación sexual del crío (y si es así, se le apoya). Se han hecho campañas de concienciación para que no se estigmatice a una niña por preferir jugar con un camión de bomberos o a un niño con una muñeca. En cambio, sobre el vestido (sobre todo al que afecta a los hombres), persiste el tabú.

Así como las mujeres hemos llevado a cabo varias revoluciones indumentarias (a principios del siglo XX, para poder "masculinizar" nuestra estética y, ahora, para demostrar que el hecho de vestir de un modo "femenino" no resta capacidad para ejercer los cargos de poder que estaban reservados sólo para ellos); los hombres siguen siendo víctimas de su propia trampa. Fue a finales del siglo XVIII cuando se produjo la Gran Renuncia Masculina: por primera vez en la historia, el hombre abandona el anhelo de parecer bello. Desde entonces, toda la riqueza estilística de la que había hecho gala durante siglos (en determinadas épocas, incluso, con mayor preocupación que las mujeres) se la concede a las féminas y el varón apuesta por la sobriedad porque así considera que brillará intelectualmente... Adiós a las faldas (los soldados romanos, los samuráis...), las pelucas, los tacones, las joyas, el color, estampados o el maquillaje. Y míralos, pobres, ahí siguen prisioneros de sus propias (ridículas) reglas.

Por todo ello, cada vez que aparece una campaña que propone "la moda sin género" es preciso señalar lo que en verdad sugieren. Porque esas propuestas normalmente siempre tienden a que la mujer renuncie a la riqueza y pluralidad indumentaria (libertad para recurrir a un guardarropía masculino y femenino indistintamente) que le ha costado tanto esfuerzo mantener y conseguir para mimetizarse con la aburrida estética y figura/forma masculina (¿ya no tenemos pechos, ni cintura, ni culo, ni muslos?); cuando "la moda sin género" debería ser una invitación a que el hombre se desacompleje y luche por recuperar aquello que un día perdió: la libertad indumentaria (expresión).

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