La belleza cura

Encerrados en casa "poco había que hacer". Bueno, a una introvertida como a mí que siempre ha considerado su hogar (por diminuto que sea) como su universo, se me ocurren infinidad de cosas para practicar en casa. Pero durante el confinamiento a la mayoría les dio por el deporte, la cocina y el bricolaje. Sobre el ejercicio no puedo teorizar mucho pues soy una auténtica profana (shopping is my cardio). Aún así, es evidente que el deporte cuida la única posesión real que nos acompañará toda nuestra vida y que, a priori, no está hipotecada (cuerpo). A falta de poder salir a consumir a un bar, restaurante o a casa de un amigo o familiar con mano para congratularnos con sus recetas; algunos empezamos a encender hornos y fogones. Pero no sólo por necesidad primaria (alimentarnos), sino que también anhelábamos experimentar saborear de nuevo el gusto de la paciencia (estar media hora removiendo una salsa y dejar de calentar comida prefabricada en un minuto en el microondas), más en tiempos de incertidumbre.

Y sobre la decoración puedo decir que aún tengo allegados reformando sus moradas. El desconfinamiento no les ha desmotivado. Siguen vistiendo la casa como nunca lo habían hecho antes, sus nidos empiezan a ser espacios vividos cuando hasta hace poco sólo pasaban por allí para dormir. Piden consejos sobre interiorismo sin plantearse a qué viene ese ímpetu por tener la casa a punto. El bricolaje es hoy la obsesión pasada de nuestros abuelos por almacenar conservas en la despensa. Imagino que inconscientemente tantean la posibilidad de tener que volver a encerrarse en la cueva y, si ocurre, prefieren que la cárcel sea lo más agradable posible. Porque no es lo mismo pasar una cuarentena en un zulo de 20 m2 que hacerlo en un palacio (aunque la princesa de Asturias y la infanta Sofía aseguraran que su situación era como la de cualquier otro niño español). Leía hace poco que ha aumentado la búsqueda de casas en la montaña para alquilar por si en octubre toca de nuevo un retiro obligado y prolongado. Ni siquiera en la misma urbe se vive igual si tu piso dispone de un pequeño balcón que si sólo tiene una ventana; de hecho, ni siquiera es igual, si dispones de un piso en el Eixample barcelonés donde todavía se respete el diseño original (patios en medio de las islas). El plan Cerdà, no por miedo a una pandemia pero sí por indicación de los movimientos higienistas, diseñó precisamente espacios de vida privada para que los edificios plurifamiliares se reunieran en dos hileras en torno a un patio interior a través del cual todas las viviendas (sin excepción) recibieran el sol, la luz natural, la ventilación y la joie de vivre.

Esta idea de que el diseño, la arquitectura y el interiorismo cura (nos procura paz, estabilidad emocional y protección física) se aplica desde hace décadas en hospitales donde se recurre a la luz natural, la madera, el agua y la vegetación para crear escenarios de sanación (volver a estar en contacto con la naturaleza). Los pacientes que están en habitaciones con vistas a un parque o divisan árboles desde la ventana se recuperan antes y más que los que no disfrutan de una habitación donde exista un diálogo con la naturaleza. Y así como los centros oncológicos infantiles cada vez tienen más en cuenta técnicas como la cromoterapia o las áreas de juego y entretenimiento para desestresar a niños y padres; hoy, los países más avanzados trabajan (porque es obligado en la asignatura de cualquier sociedad que albergue la calidad de vida, pero tenga que seguir adoptando medidas de protección ante el covid19 que transmiten un ambiente frío, distante y desangelado) para replantear también la estética del resto de centros de salud, las residencias de mayores, las escuelas, las oficinas, despachos, fábricas, centros penitenciarios y, por supuesto, nuestros hogares. Una vez más, queda claro que aunque algunos se empeñen, la belleza (equilibrio) no parece tan banal...

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