Julia Roberts en Rodeo Drive

Hace un año más o menos por estas fechas quedé con una amiga a comer, la sobremesa se alargó y buscamos una terraza donde tomarnos algo por el Eixample. A las seis de la tarde, como seguíamos teniendo temas de conversación y ganas de seguir juntas, pedimos una segunda consumición y el camarero nos contestó que no, que no podía servirnos porque estaban ya preparando las mesas para las cenas. Las cenas de guiris, por supuesto y ante nuestra cara de pasmo nos soltó: “Tenéis que entenderlo. Al fin y al cabo, aquí todos vivimos de una u otra manera del turismo”. Mi amiga, también periodista, y yo nos reímos mientras pagábamos la cuenta y sin entrar en detalles le dijimos que no. Que a nosotras el turismo no nos añadía ningún euro al sueldo al final de mes. Hablé hace poco con mi amiga y las dos recordábamos el episodio y coincidimos en que igual nos pasamos ahora que estarán encantados de que vayamos a cualquier hora -si es que siguen abiertos- para preguntarles si ellos también se acuerdan de nosotras. En plan Julia Roberts en Beverly Hills en la película de Pretty Woman.

Lo nuestro no tiene nada que ver con la hipersensibilidad que los psicólogos advierten que hemos desarrollado en el confinamiento y por la cual somos capaces de emocionarnos con un anuncio de un banco o tener un estallido de ira porque no encontremos las gafas en casa, no. Lo nuestro ya venía de antes y lo llamaban turismofobia. No nací en Barcelona, pero llevo viviendo en esta ciudad 17 años, la siento desde hace mucho como mía y últimamente se había convertido en una ciudad inhóspita y antipática para los locales. De los alquileres abusivos al parque temático, del ruido y las hordas de borrachos en despedidas de soltero a los restaurantes, bares y comercios dedicados y dirigidos únicamente a los turistas. Barcelona no era una ciudad abierta, era una ratonera de la que muchos huían al extrarradio o eran obligados a marcharse por las malas por inmobiliarias sin escrúpulos con tácticas mafiosas que acosaban a los vecinos de renta antigua para dividir sus pisos en dos y alquilarlos por un pastón a extranjeros de vacaciones. Tengo amigos que viven por el centro y que se saludaban a lo lejos como la resistencia cuando a las ocho se salía a aplaudir a los sanitarios. Basta con dar un paseo por Las Ramblas y alrededores para ver la cantidad de edificios que están ahora vacíos y con los balcones llenos de ramas y suciedad; abandonados por sus dueños que ya no tienen a quien pegar el sablazo. Ni ellos ni el dueño del bar donde nos sentamos en la terraza hace un año mi amiga y yo me dan pena.

Reservo mi pesar para los que no tienen trabajo, no han cobrado los ERTES, los autónomos asfixiados y los que hacen cola para tener algo que comer y que en muchos casos están siendo protegidos por las asociaciones de vecinos, por la propia comunidad en la que viven y residen. En mi barrio, Sant Antoni, hay una ONG que se llama De Veí a Veí que lleva años ayudando, protegiendo y cuidando a los que tenemos más cerca. Con el estado de alarma hicieron un llamamiento para captar nuevos voluntarios dispuestos a entregar comida, medicamentos o asistir y estar pendientes de los mayores o grupos de riesgo, en la puerta del Bonpreu se han colocado con un carro donde varios fines de semana han recogido productos de primera necesidad para luego poder repartirlos, ayer fui a mi kiosko y Rosa me enseñó unas bolsas de tela que se venden a cinco euros que han diseñado. El 5% de lo recaudado va a la ONG. También han fabricado mascarillas. En el mundo global e hiperconectado que nos estaban metiendo con calzador, son las redes vecinales las que se están ocupando de muchas emergencias sociales. Y sí, imagino que algunos de los que están ahora recibiendo ayuda trabajaban antes en comercios, bares o restaurantes dirigidos a los turistas. Pero ya eran precarios de antes, ya no tenían un contrato, ya estaban siendo explotados, ya se hacinaban en pequeños apartamentos en entresuelos oscuros familias enteras.

Me temo que no tardaremos mucho en volver a cometer los mismos errores, así que hay que aprovechar para pasear por una Barcelona inédita donde no te meten los codos ni te atropellan para comprar un gorro mexicano o beber una cerveza caliente por ocho euros. A los que antes siempre me cuidaron y me mimaron, como el Kiosko Universal del Mercat de la Boquería, seguiré acudiendo con alegría. A los que no les parecía lo suficientemente rentable y mis euros no valían igual que los de los guiris a las seis de la tarde en una terraza: ya pueden esperarme, que igual me acerco con mi amiga a ver si ahora nos hacen la pelota como a Julia Roberts en la tienda de Rodeo Drive y sin que nos haga falta un putero asqueroso como Richard Gere.

 

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