Anormal

Empecé la semana viendo un vídeo que había grabado mi hermano del reencuentro de mis padres con sus nietas y me sentí feliz un momento. El martes fui al Mercat de la Boquería y por fin me reencontré con algunos amigos, pero las paradas con la persiana metálica, los pasillos semivacíos, el Kiosko Universal con la barra clausurada y sin Dani, sin Arza y sin su ‘hola Gemita’ detrás del mostrador me provocó un pellizco al corazón. Ahora que puedo salir a la calle, ahora que me puedo tomar un vermú, ahora que se suponía que debía estar contenta, justo ahora que llama a la puerta la nueva normalidad, resulta que no me apaño. Que soy una anormal.

Me he quedado espachurrada y con el ánimo alborotado en el peor momento posible: cuando ya no se quedan los pies fríos, es casi verano y he comprado flores con colores rabiosos que riego cada tarde en el balcón mientras miro desde arriba como la calle recupera su pulso. No me entiendo del todo, pero me dejo, me consiento y me protejo hasta de mi propia voz que me recuerda a menudo que debería estar haciendo algo que no hago (creativo, por supuesto), o sintiendo algo diferente a lo que siento. Me reprocho ir a destiempo como si estuviera obligada a pasar de fase emocional sólo porque ya puedo tomarme una caña. La paradoja más evidente de lo descolocada que estoy es el bloqueo que he desarrollado para llorar. Con lo que yo he sido llorando, madre mía, con un lagrimal tan entrenado que si fuera verdad que las pestañas crecen las tendría de jirafa, y va, llega una pandemia y no ha habido manera. Ni siquiera el día que después de tres seguidos diluviando y recogiendo agua de las goteras en el cubo de la fregona y en tápers estratégicamente situados en la cocina se nos fue la luz. Bajé entonces a comprar velas y a sacar dinero mientras esperábamos a que llegara el electricista de urgencias (al que había que pagar un dineral al contado sólo por la visita) y el cajero se tragó durante cinco minutos interminables mi tarjeta. Miré a mi alrededor y no había nadie, el agua me chorreaba por la cara y el pelo. Quise llorar, pero en cambio me salió una risa histérica, de desquiciada, en el BBVA enfrente del Mercat de Sant Antoni. 

Hay quien se está muriendo, hay quien no puede despedirse, hay quien no tiene para comer, hay quien no tiene balcón ni dinero para comprar flores ni pagar al electricista. Hay quien está infinitamente peor que tú. No te quejes, no te enredes en el bucle. Cocina, que te va bien. Y barre y friega y limpia el váter hasta que le saques brillo con la música a todo trapo. Salta, baila, muévete y no te pares. No dejes que la cabeza dé muchas vueltas ahora que el trabajo escasea. No pienses en qué vas a hacer mañana o pasado. Retrasa hasta el último momento pasar las facturas raquíticas porque te vas a agobiar; haz el avestruz. Organiza la cocina y busca espacio para las nuevas especies, limpia el polvo de los libros que no eres capaz de leer y de la tele que ya apenas enchufas. Aclárate la voz y espanta penas; mejor si esperas a llamar a tus padres después de aplaudir a las ocho que así suenas mejor y mucho más convincente dando ánimos y conversación con la última receta acompañada de la foto de lo simétricas que cortas ahora las zanahorias, los pimientos y la cebolla. Maquíllate justo antes de una videollamada para que no noten que el sueño lo tienes dislocado. No le des importancia a una menstruación que ya dura tres semanas. Tranquilízate. Respira. Cómprate horquillas para disimular, que vaya pelos. Bebe otra copa de vino y prueba las infusiones de Melisa y Pasiflora que te han recomendado en la farmacia. Camina y disfruta del paseo con el perro, ráscale la tripa que es muy gustoso y fíjate con cuánta calma se tumba buscando el sol por la mañana. Imítale. Deja la mente en blanco y nota el calorcito siempre que puedas. Mira pelis de la Marvel y ni se te ocurra pararte a escuchar los plenos del Congreso. 

¿Que no puedes llorar? Ya llorarás. A ti no te está pasando nada grave, hay gente mucho peor que tú, gente que está muriendo en soledad y otra gente, sanitarios, que se están dejando su salud en atenderles. Ya puedes ir a una terraza, ya puedes quedar con algunos amigos, los abuelos han visto a las nietas. Así que sigue, sigue cocinando, sigue limpiando, sigue bailando, saltando y, sobre todo, no te olvides de respirar. Sigue, anormal. Ya llorarás. 

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