Los cayetanos

"Tienes que escribir sobre la estética de los coronapijos", me repiten desde hace días conocidos y extraños. Arrugo la nariz, doy la razón y mi pensamiento y mirada se va rápidamente a otro asunto. Los cayetanos me provocan una tremenda pereza. O quizá, siento ahora que pretendo y me permito ahondar en el asunto, lo que en verdad me generan es un tremendo rechazo visual. No hace falta ir siquiera al extremo del ex alcalde de Ortigueira y esa horrenda combinación de tejidos y colores que soy incapaz ni de describir porque hacerlo me acarrearía un sarpullido instantáneo; los fachalecos, los mocasines, las marcas tatuadas en el exterior de los accesorios, la gomina, las joyas, las bandejas y las cuberterías de plata me dan alergia. Y no los reconozco ni siquiera como pijos; para mí ese gentío que se salta las medidas sanitarias de protección del covi19 para ondear la bandera de España porque no soportan que el Corte Inglés siga un día más cerrado (escuchado, os juro por Snoopy que es real) me recuerdan más a los ignorantes hooligans republicanos seguidores de Donald Trump que a un acaudalado y elitista disfrutón de Cannes (mi aspiración en la vida). Los cayetanos o coronapijos, las infantas Elenas, los Franciscos Riveras y las Carmenes Lomanas son la esencia y el ejemplo visual perfecto de mi hastag #alertacaspa.

Para algunos de los que hemos pasado hondas penalidades económicas en nuestra vida; la riqueza es una fantasía. Coco Chanel, quien se crió en un hospicio y se prometió (y cumplió) que un día los ricos querrían vestir de pobres, decía que "lo contrario al lujo no es la pobreza sino la vulgaridad". Huyo de los campings, el hule, los baños públicos, las marcas para pobres (Tous, McDonald's...), las chanclas, un suelo de baldosas (sólo soportaría el camino amarillo de El Mago de Oz), unos platos apilados en el fregadero, una cama sin hacer a las cinco de la tarde, las manchas, ese engaño que supone la clase media y de la desidia estética en general (pero también del oro, las joyas, la ostentación, el ambiente en una estación de esquí, los pantalones cortos de caballero, los náuticos, los coches...) porque todo eso me deprime por feo (según Kant, aquello que causa disgusto). Hace unos meses se lo intentaba explicar a un amigo y, por suerte, fue Woody Allen a través de uno de sus diálogos quien lo lograría horas después cuando nos dirigimos a ver A rainy day in New York. No haré spoiler, pero la madre del protagonista (en comparación con los cayetanos, yo no me atrevería a catalogarla de pija pero sí de estirada, exigente y elitista) le revelaba el motivo de su comportamiento: cuando lo has pasado tan mal, huyes y no deseas que el más mínimo recuerdo te devuelva el regusto al pasado.

Pero esta semana me reconcilié, como tantas otras veces, con la pobreza. Ese vídeo que se ha hecho viral donde se observa a una anciana que revuelve la basura de un container para llevarse algo que comer a la boca mientras los cayetanos se dirigen a su mierda de manifestación sin reparar en su presencia, esa mujer es lo más hermoso que he visto en años (feo es que permitamos esa realidad, pero no ella ni su acto de supervivencia) y quise cuidarla y protegerla como a una rosa (la belleza es tan caprichosa que a veces se presenta en situaciones de lo más tristes, denunciables y traumáticas). Y entonces, además de asco, sentí pena por los coronapijos y los cayetanos. No sólo por sus fachas; también porque son incapaces de ver ni reconocer la belleza y la dignidad del pueblo al que supuestamente aseguran defender con tanta banderita. Porque la clase (sofisticación) y el gusto (placer) no la trae el dinero.

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