Nos vamos a la mierda

Soy una de esas ingenuas que en lo más crudo de la pandemia pensó que de esta saldríamos mejores, más humanos, solidarios y pendientes de lo esencial, con una mayor conciencia de que todos estamos conectados y valorando lo importante que es pertenecer a una comunidad. Soy yo, sí. Hola, ¿qué tal? Desde aquí os saludo con la manita desde lejos y sin infringir las normas sanitarias. Dos meses y medio después no me da vergüenza admitir lo equivocada que estaba. 

Seguimos mirándonos embelesados el ombligo espantando como moscas molestas los avisos ya no de la crisis que se avecina, sino de la que está aquí entre nosotros y ha venido para quedarse. Las largas colas en los comedores sociales, el brutal incremento de personas que han pedido ayuda a los servicios sociales, los datos sobre los pequeños comercios que se verán obligados a cerrar, los Eres que vendrán y oficios como los relacionados con el mundo de la cultura en peligro de inanición. ¿De qué vivirán los músicos, los actores, los tramoyistas, los técnicos de sonido? “Yo sobrevivo, vivir ya es otra cosa”, me dijo ayer un amigo periodista como yo, autónomo como yo, cuyas colaboraciones se han quedado al mínimo y de las que mantiene la factura se ha reducido en algunos casos a la mitad. 

La frase vino a cuento porque yo le acababa de explicar que, en una videollamada con dos amigas- también periodistas- hace unos días y después de detallarles la jodida realidad de mi situación laboral, preguntaron si este verano podríamos escaparnos de vacaciones. Les contesté que el año pasado yo ya no pude, así que ahora ni me lo planteo. Me entristeció la conversación, aún entendiendo que su fuga mental cuando todavía estamos en la fase 0 sea imaginar dónde podrán remojarse los pies en verano. Mi situación no es crítica; tengo techo, tengo comida y por lo tanto mis necesidades básicas están por el momento aseguradas, pero se ha convertido ya en un lujo inaccesible pensar en unas vacaciones después de toda una vida currando.  “Si después de 30 años trabajando tienes mil euros en la cuenta es que te has administrado mal”, le escuché decir a Sandro Rosell hace unas semanas en Lo de Évole. Y se me llevaron los demonios. 

AdC (Antes del Coronavirus) me habría dado vergüenza exponerme así de esta manera. DdC (Después del Coronavirus) creo que es necesario decir en voz alta lo que nos pasa y compartir angustias y temores ante un futuro incierto y un presente más bien pocho. Mi profesión, mi oficio, es precisamente ese: contar lo que sucede. Y somos legión los estrangulados económicamente que llevamos años flirteando con la precariedad y trabajando sin tener vacaciones ni fiestas de guardar confiando en un golpe de suerte. A nosotros, los periodistas, no nos cuenta nadie porque nuestro trabajo es contar lo de los demás, pero si ni siquiera somos capaces de darnos cuenta de lo que tenemos más cerca, de la situación laboral de muchos de nuestros colegas, si lo tapamos, si miramos hacia otro lado, si no lo decimos por pudor a que piensen que, efectivamente, te has administrado mal ¿cómo seremos capaces de ejercer correctamente nuestra profesión? ¿Acaso la nuestra no debería ser también una comunidad donde encontrar alivio, apoyo, ni que sea compañía, una miaja de empatía?

Antes del Coronavirus tenía ya pensado el título de un libro que no llegué a poner en marcha. Era: “Nos vamos a la mierda”. Mi intención era hablar con compañeros de oficio y relatar las condiciones laborales con las que convivimos desde hace años. Los continuos y sucesivos Eres, las redacciones cada vez más flacas y silenciosas, las presiones, la patrulla de SEOS y visionarios de las nuevas tecnologías que utilizando neologismos siempre en inglés - y cobrando el doble que nosotros- han invadido los medios de comunicación y se han convertido en máquinas de encargar sin tener ni puñetera idea de periodismo ni importarles una mierda los contenidos. No lo empecé por falta de tiempo y porque aventuré que pocos querrían salir con su nombre y apellidos o bien por temor a perder sus puestos, o bien por vergüenza a admitir lo precario de su situación, o por una combinación de ambas opciones. 

Así que no, ya no creo que saldremos mejores de esta pandemia. Saldremos peor. Y a veces, sólo a veces, me asalta la duda de si estaremos aquí para contarlo.  Como título, “Nos vamos a la mierda” es pegadizo. Ni un SEO me lo podrá negar. 

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