Por qué las mujeres lideran mejor la crisis

Llevamos un par de semanas leyendo y escuchando a periodistas, tertulianos y otros analistas de la actualidad sorprendidos por el éxito de países (Alemania, Taiwán, Islandia, Dinamarca, Finlandia, Nueva Zelanda y Noruega) liderados por mujeres (Angela Merkel, Tsai Ing-wen, Katrín Jakobsdottir, Mette Frederiksen, Senna Marin, Jacinda Ardern, Erna Solberg) en la crisis del coronavirus. La mayoría, pese a pretender defenderlas, apabullan con datos para justificar, convencerse y convencernos de que sí, de que efectivamente ellas son mejores líderes que ellos. Como no deben encontrar razones, mencionan también la capacidad de empatía y comunicación (nada, lo típico, que somos más sensibles y que hablamos más entre nosotras). El más iluminado apuntará además, que la presión y exigencia social sobre la mujer hace que nosotras estemos obligadas a brillar siempre, incluso cuando nos encontramos ante una situación de incertidumbre y oscuridad.

Pero a nadie se le ocurre, o no se atreven a señalar sin emplear eufemismos, que la mujer es mucho más inteligente (eficaz) que el hombre. Evidencia que recoge el carácter evolutivo de la especie humana. Cuando los hombres se encontraban con una bestia (problema) delante tenían tres opciones: luchar, paralizarse o huir. Las mujeres, en general, dado que no teníamos ni tanta fortaleza física para pelear ni tanta velocidad para correr; y en el momento en que nos sublevamos hacia la imposición de seguir pasando desapercibidas (inactivas), nos enfrentamos a los problemas (bestias) de un modo más original (buscando una solución alternativa: piensa).

Hoy, cuando el liderazgo testosterónico cada vez tiene menos sentido en nuestro mundo (aunque Sánchez se empeñe es imposible enviar a los militares para aplacar un virus; tampoco desaparecerá porque Trump y Bolsonaro lo nieguen; ni puedes escabullirte como pretendía Boris Johnson), captar las necesidades de los demás y saber darles respuesta es la receta para imponerse como cabecilla. Y es ahí precisamente cuando las cualidades asociadas históricamente a la feminidad toman protagonismo: serenidad (para observar y reconocer el problema), ternura (para proteger y cuidar) y elegancia (hacer que la respuesta parezca fácil).

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