Y si el Megxit salvó a la reina...

Fue el lunes cuando el Megxit se materializó. Lo hizo de la mejor manera. O por lo menos, con buena cara. Harry llegaba a Canadá para reunirse con su esposa e hijo con una gran sonrisa, ilusionado. Tras despedirse como buenamente pudo de su país y su familia de origen, Meghan le daba la bienvenida a su nuevo mundo. La actriz aprovechaba para pasear relajada con el pequeño Archie, en una mochila portabebé, y dos de sus perros a los que tanto añoraba (por edad, uno de ellos no podía volar a su nuevo hogar en Inglaterra). Una nueva vida no exenta de lujos ni presión mediática, pero menos rígida y casposa...

Toda señal de rebeldía (compromiso con causas sociales, feministas, animalistas o medioambientales) que se intuyó por parte de Meghan Markle desde que se confirmó su compromiso con el hijo menor de Lady Di fue cruelmente criticada por retrógrados y monárquicos y percibidas con gran recelo (lo admito, yo la primera) por progres y republicanos. Que la actriz no se prestara a los rancios códigos estilísticos y estéticos de su majestad, que optara por caminar unos pasos hasta el altar sin necesidad de que ningún hombre la ofreciera o que se negara a aparecer con su hijo recién nacido nada más parido eran gestos de doble filo. No sostener en brazos a su bebé, dejárselo al padre, y decantarte por un vestido blanco con una gran lazada en el cinturón sobre la barriga para evidenciar el proceso físico natural que experimenta el cuerpo femenino tras un parto, puede que en pleno siglo XXI no se nos antoje una revolución, pero hacerlo cuando ya formas parte de una institución anacrónica como lo es una monarquía sólo puede interpretarse como un suicido o toda una declaración de intenciones. De hecho, tras el primer posado familiar de la pareja con su bebé, Meghan tomó a Harry por la espalda y lo acompañó a la salida. Era ella también quien lo protegía a él.

En octubre, a un periodista se le ocurrió plantearle una sencilla pero importante pregunta a Markle: "Cómo está?" A ella se le humedecieron inmediatamente los ojos. Agradeció la cuestión y confesó que no estaba siendo fácil. La tortura de la duquesa de Sussex era exactamente la que el príncipe Harry había querido evitar: la persecución y crueldad mediática que, en su opinión, mató a su madre. Pero además, Markle colgaba con otro pecado: no ser suficientemente blanca. Así que además del machismo, el clasismo y el acoso de la prensa; en el caso de la actriz de Suits se sumó el racismo. La prensa se ha referido al ADN de Markle como "exótico" (es mestiza) y ha llegado a comparar a Archie con un chimpancé.

Motivos para largarse no les faltaban. Aún así, a retorcida no me gana nadie y me cuesta tragarme por completo el cuento. No porque dude del amor de Harry y Meghan ni de sus ganas de emanciparse; sino porque el Megxit ha coincidido en el tiempo con el que sí debiera señalarse como el gran escándalo de la Corona británica. Pues este mismo domingo, entre cruces de comunicados de Meghan y Harry y la reina Isabel II, la soberana acudía a misa con su hijo Andrés, apartado hace una semanas de la familia tras ser acusado de abusos sexuales de menores... El Megxit salvó a la reina.

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