Monstruos

Todos los análisis que me llegaban por distintos canales denunciaban la supuesta cobardía en la respuesta no verbal de Javier Ortega Smith. Se sugería que el líder de Vox no había sido capaz de aguantarle la mirada a aquella mujer que desde una silla de ruedas se alzó moralmente para recriminarle tal deleznable discurso. Como si con su parlamento no hubiera buscado precisamente provocar esa reacción. Y esta descripción, que se convirtió en viral, se me antojó de lo más peligrosa: ¿cómo enfrentarse a algo que no somos capaces ni de reconocer? Porque desgraciadamente Ortega Smith no actúo como un cobarde (eso implicaría cierto nivel de empatía) pero los medidos y las redes sociales le acababan de reglar la excusa perfecta. "Me sentí agredido por esa mujer", alegó horas después. Al convertirlo en cobarde se justificó en el miedo que sintió cuando una mujer le gritó y lo amenazó con el dedo... 

Y no. No fue el comportamiento de un cobarde. El lenguaje corporal de Ortega Smith fue el propio de un discapacitado emocional: 

Gesto autoritario. Aunque breve e intermitentemente, la mira a los ojos. Levanta la palma de la mano (stop) para ordenarle que se calle. Además, con la mano señala a los organizadores del acto y a la mujer (ocúpense de esto). 

Gesto indicativo. Con la mano abierta, apunta hacia el escenario (quiero atender a lo que transcurre, déjeme). Debido a su constitución, es una persona muy alta, cualquier gesto que en otra persona de estatura normal no conlleva más problema, en un alto puede malinterpretarse. Por eso, debe ser uno siempre muy sutil y sofisticado al gesticular (Frank Sinatra). Esa mano abierta y en ese contexto (te voy a dar una guantá)... 

Gesto despreciativo. Ahora sí, le retira la mirada. ¡Pero no por cobardía! Es Ortega Smith y ella, una mujer, inmigrante y postrada en una silla de ruedas. No existe, es menos que nada. 

Gesto reflexivo. Empieza a acariciarse la barbilla... Es abogado y se vale de la pose de Rodin (busco la calma y me mantengo absorto, te ignoro) ante la histeria de esta mujer que no para de increparme chillándome y apuntándome con el dedo. 

Gesto agresión inminente. Pasea y repasa con su lengua toda la cavidad bucal para después sacarla (veneno). Gesto de frustración previo al ataque (sea verbal o físico). 

No nos olvidemos que sin emociones (aunque ahora se presente como mantra político prescindir de ellas para "gobernar con la cabeza y no con el corazón") no nos convertimos en animales (los animales no humanos no tienen razón pero sí sentimientos) sino en monstruos. ¿Y qué hacer para enfrentarse y combatir al monstruo? No estoy segura, pero anoche recordé que en Monstruos S.A. se alimentaban del miedo y los gritos de los niños. Quizá la cosa vaya por ahí, por no proporcionarles energía gratuita (odio). No hay mayor ofensa que la indiferencia. Claro que esta receta debía haberse empezado a aplicar cuando hace un par de años los medios de comunicación decidieron darles voz y cabida. Y hay que pararlo, cuanto antes. Lo explicó bien ayer Angela Merkel: "Los límites de la libertad de expresión comienzan cuando se propaga el odio. Esta cámara debe oponerse al discurso extremista". Esta sociedad (humanidad) debe silenciar ya y para siempre al monstruo fascista sin ningún tipo de complejo ni remordimiento, con la mirada alta y sonriente (sin mi miedo sois nada). La única ayuda que debemos prestarles es la psiquiátrica. 

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