Fer

Lo he intentado. Llevo rato pensando en escribir algo que no sea lo que me pasa, pero no lo he conseguido. Y me pasa que estoy triste y contenta al mismo tiempo. Me pasa que un amigo al que diagnosticaron un cáncer hace casi un año está ingresado en el hospital. Me pasa que a él le está pasando. Y la vida, la rutina, se han quedado en estos últimos días suspendidas entre viajes de ida y vuelta, mensajes y visitas. Me pasa que no puedo escribir de otra cosa porque no pienso ni siento en nada más y no puedo ni quiero disimular.

Estar triste es natural teniendo en cuenta las circunstancias. Lo que no me esperaba y me ha pillado por sorpresa es la alegría. Lo contenta que estoy cada vez que le veo, que hablamos, que se despierta y dice, siempre: “Y tú, ¿qué tal estás?” Lo feliz que se le nota de estar rodeado de amigos que van a verle. “Se alimenta de las almas de los demás”, me ha dicho Santi. Y es tal cual. Habla con todos, sonríe, recuerda anécdotas y nos hace reír cuando contesta con un “tengo mal cuerpo” si le preguntas cómo se encuentra él.

El otro día me soltó, asombrado, que no sabía que le quería tanta gente. Cómo no quererle sería lo raro. Y mientras, por la habitación va desfilando gente que le alegra el día y que da sentido a su vida porque él siempre ha sido así. De abrir las puertas de su casa de par en par y estar dos semanas antes preocupado y dando la puñetera calda en el chat para que en la barbacoa no faltara de nada ni nadie. De no sentarse con tal de acercarte el salero, irse al tirador de cerveza o abrir una botella de vino y tener preparada otra de litro y medio de coca-cola con su receta de gazpacho para cuando te vayas. El gazpacho que ahora le lleva Maite, su mujer, al hospital y al que da el visto bueno con peros porque tiene mucho ajo. “El ajo te vuelve majo, que me lo has dicho quinientas mil veces”, contesta ella. Y se miran y sonríen los dos. Y da gusto verlos.

Él no lo sabe pero nos está haciendo un regalazo y dando una lección que jamás olvidaremos -de lo contrario seremos unos gilipolllas rematados que no nos le merecemos-, y es que los amigos, los afectos, el amor, lo son todo. Que poder disfrutar de ellos, de una charla, de su simple presencia, es lo que nos engorda el alma. Que la generosidad puede ser infinita y debemos perseverar en ella. Que las risas nos salvarán y por eso nunca estaremos solos. Que no son frases de frigorífico ni lemas de camisetas molonas. Que son tan de verdad como siempre lo ha sido él. Y que justamente por eso- aunque se asombre- tiene a tantos a su alrededor que le quieren y van a verle, envían mensajes, le llaman y le dicen lo mucho que significa para ellos.

 

Porque eres una perla, Fer, y ahora que lo escribo me doy cuenta de que no sé quién te apodó así, pero estoy segura de que quien fuera no sabía cuánta razón tenía. Perlita, corazón, pues claro que t'estimem molt.

 

 

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