No son dos días

Entre el viernes y el sábado pasado se recogieron en Catalunya más de 4,5 millones de kilos de comida gracias a la campaña ‘El gran recapte’ que cumplía su décima edición. Es para felicitar sobre todo a El Banc dels Aliments, a los casi 27.000 voluntarios que les ayudaron y a todos los que dejaron alimentos en los 3.000 comercios y también vía internet, pero también va siendo hora de hacer examen de conciencia. 

Dicen que la crisis es cosa del pasado, pero el año pasado en Catalunya 1.133.374 personas estaban en situación de pobreza, de las cuales 377.791 sufrían pobreza severa. Según los últimos datos de la Encuesta de Condiciones de Vida de 2017 que el Instituto de Estadística de Catalunya hizo públicos en junio la tasa de pobreza había subido un 20%. El 60 % de los hogares catalanes reciben al menos un tipo de prestación social, nueve décimas más que en 2016. Tener un empleo ya no garantiza salir del pozo. Se puede trabajar y no llegar a fin de mes. Existe una pobreza cronificada, personas que han caído por las rendijas del llamado sistema de bienestar y no son capaces de levantarse por falta de oportunidades y sueldos dignos. La tasa de riesgo de pobreza o exclusión social (AROPE) está situada en un 23,8% de la población catalana, mientras que el año anterior era de un 22,5 %.

La iniciativa de El Banc dels Aliments es estupenda porque permite, a corto y medio plazo, que miles de familias puedan disponer de alimentos esenciales. Este año se hacía especial hincapié en el aceite y la leche. En el supermercado al que yo fui, justo al lado de las cajas registradoras, estaban organizados ya incluso por paquetes. Latas, comida para bebés, pastas y arroces, legumbres. A la entrada, los voluntarios con petos te daban una bolsa de tela azul y había grandes cajas preparadas para todo lo que recogieran. Todo lo recaudado fue a parar a una nave cedida por el Consorcio de la Zona Franca de Barcelona desde donde se ha comenzado a distribuir a través de la colaboración de cerca de setecientas entidades sociales y de los servicios sociales de los ayuntamientos. 

El llamamiento a la solidaridad funciona, pero no puede, no debería quedarse en dos días al año en los que limpiamos nuestras conciencias donando un bote de lentejas. No es la solución, es una medida extrema que debe hacernos reflexionar. Las desigualdades sociales son un grave problema que no estamos abordando y los datos indican que no va a mejor, sino a peor, así que estaría bien que dejen de vendernos que la crisis se ha superado. Si crece la tasa de pobreza, el riesgo de exclusión social, si sigue siendo necesario cada año que haya un ‘Gran recapte’ para que personas que viven a nuestro lado tengan una botella de aceite es que algo estamos haciendo rematadamente mal. Y no sólo durante dos días. 

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