¡Uruguashoooo!

Era uno de los gritos más potentes. Si el rival lo escuchaba, se atenazaba. Sabía que sería presa de su voracidad, su tesón, su fuerza, su calidad, sus goles. Para los que lo disfrutaban en sus filas, el grito suponía la certeza de estar en el mejor de los caminos. No es que todo dependiera de él, ni mucho menos, pero si rugía, todo era más factible.

¡Uruguasho! El grito se ha diluido. Está afónico. Apenas es un susurro. Ni impone al oponente ni pone al compañero. Los efectos de escucharlo han pasado al terreno de la nostalgia. Mantenemos, eso sí, la esperanza de un regreso. Así como se apagó, pensamos que su voz volverá a atronar. Para lograrlo, se debe tomar conciencia del momento actual. El primero que debe hacerlo, es él. El uruguayo. Luis Suárez.

Como intocable, eligió jugar siempre. Alimentó su ego, pero olvidó sus piernas. Hay que cambiar dinámicas. Cuidarse. Elegir momentos. Le mantenemos la fe, pero con su actual versión, su plaza no puede ser innegociable. Es obligación suya asumirlo. Y es deber de Valverde gestionarlo. Difícil sin Alcácer. Complicado con Munir. Factible, quizás, con un cambio de dibujo. Sea como sea, Luis Suárez no está para jugarlo todo.

Ya no se trata de gritar cada día, su voz se requiere en las fechas clave. Messi garantiza muchos triunfos, pero aunque parezca sacrilegio, las grandes gestas no puede asumirlas solo. Y uno de sus mejores socios, anda alicaído. Recuperarlo es obligación. Reconquistar Europa pasa, entre otras cosas, por los goles de Luis Suárez. El Barça debe volver a escuchar la versión más ensordecedora del grito. La desea. La espera. La necesita. ¡Uruguashooooo...!

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