El quiosco

La escena es habitual y tiene ligeras variantes. Está el que pregunta educado: “¿Se lo ha leído ya, me lo deja?” o el que directamente coge el periódico que he dejado en la barra o la mesa del bar sin mediar palabra. La contestación siempre es la misma: “Es mío, no del local”. Me enteré hace dos días que la mayoría de puntos de venta de prensa de la Comunidad de Madrid no están recibiendo los diarios por una huelga de repartidores. Por entonces ya habían pasado cinco días desde que había comenzado y no había visto en twitter quejarse a nadie y sigo a muchos periodistas.

Cuando viajo ya sea en el Ave, en avión, metro o el autobús municipal miro a mi alrededor y no falla; teléfonos móviles y tablets, la mayoría conectados a series, juegos o redes sociales, unos pocos con libros y casi nadie con un periódico. Las webs me resultan una especie de cajón de sastre, con las noticias desordenadas o colocadas por cuestiones que tienen más que ver con la polémica, los clics, que con la relevancia de la información. En el papel, en cambio, leo más y mejor. Sigo siempre la misma rutina, veo la portada y le doy la vuelta, siempre comienzo por el final -la contra- y voy pasando las páginas hasta que llego a la primera otra vez. El placer sencillo de la lectura más reposada los fines de semana, con sus suplementos y reportajes, con un vermut en la mano, me hace feliz. Soy, en fin, adicta a los periódicos en papel. Y también al parecer una especie en vías de extinción.

Como aplicada dinosauria compro siempre en el mismo quiosco, el de mi barrio que lleva Rosa. Dos calles más abajo está el de su marido, así que si un día me quedo sin el diario que quiero llama por teléfono para ver si hay en el otro. En breve cierran los dos porque se van de vacaciones y me tocará dar vueltas por el barrio, donde cada vez hay menos y sólo quedan los esqueletos tristes con los anuncios fosforitos de “Se vende” y el número de teléfono.

Asisto a la lenta agonía de los periódicos con tristeza y con la angustia añadida del goteo constante de compañeros de profesión que se están quedando sin trabajo o que lo mantienen en condiciones lamentables. Así que la respuesta seguirá siendo la misma: “Es mío, no del local”. Y no, no te lo dejo. Vete al quiosco y compra. Cuesta poco y aprendes mucho. Y esta es la única información que te voy a dar gratis.

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