Levántate y anda

“De lo único que tengo ganas es de meterme en la cama, taparme y llorar”, me dice. Dentro de una semana se queda sin trabajo, otra vez. Es periodista y lleva casi una década encadenando un contrato de mierda tras otro. Tiene 45 años, lleva más de la mitad, desde los 22, fuera de casa valiéndose por sí misma. “Pon que me llamo Manuela, que me gusta el nombre, tampoco quiero dar muchas pistas, que entonces me convertiré en una apestada”, me pide.

La tristeza no es contagiosa, pero ha aprendido a disimular porque la experiencia le ha enseñado que no se puede, no se debe, mostrar síntomas de debilidad. Ni siquiera cuando hace tan solo cinco meses que su padre murió. No se pudo permitir el duelo porque necesitaba el dinero, el último curro con fecha de caducidad porque ya sabía que no sabía cuándo vendría el próximo. Toma pastillas más que para dormir, para poder descansar y que la cabeza le deje de dar vueltas. “Estás un poco alterada”, le comentaron un día cuando tuvo un problema puntual en el trabajo. Al parecer el atolladero es suyo, está en su mente y no en todas las circunstancias: la muerte de su padre, la falta de dinero, los quebraderos para pagar el alquiler sin saber qué hará el mes que viene, la sospecha basada en certezas sobre cómo está el mercado laboral…

“Y levántate, anda. Y pon buena cara, y ten cuidado con contar a según quién que tienes ataques de ansiedad, que te despiertas con un peso en el pecho que no te deja respirar, que el corazón te va a mil, que sientes una angustia que crees que no lo podrás hacer y todo el mundo se dará cuenta… pero lo haces y no sólo cumples, sino que tu exigencia personal no te permite dejarte llevar cuando lo único que quieres hacer es meterte en la cama y llorar. Todo termina siendo una bola gigante que te aplasta día tras día. El disimular, seguir, no parar, aprovechar el trabajo de hoy porque no sabes cuándo será el próximo… y la inseguridad constante, que no crean que estás ‘loca’, que no eres productiva, ‘contratable’. La raya en los párpados, el colorete, la buena cara cuando sabes, tú sabes, que estás rota por dentro y eso te mata un poco también, pero no puedes parar”, relata.

Ha salido el sol, asoma por fin la primavera, pero ayer se descubrió a sí misma con una bufanda al cuello: “Tengo frío, siento frío todo el rato”. Y lo único que se me ocurre decirle es: “No me extraña”.

 

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