El multimillonario y los idiotas

“¿Está dispuesto a cambiar su modelo de negocio en aras de proteger la privacidad individual?”, le preguntó una representante a Marck Zuckerberg, el creador de Facebook, el miércoles en el Congreso. Y él contestó: “No estoy seguro de qué significa eso”. Zuckerberg, que ha tenido que comparecer durante dos jornadas ante el Senado y el Congreso de Estados Unidos por el escándalo del robo masivo de datos de usuarios de Facebook con fines electorales, no estaba seguro de muchas cosas y una de sus respuestas más utilizadas fue la de “no sé”. Curioso, teniendo en cuenta que se ha lucrado sabiéndolo todo de los demás.

Y por no saber y vender datos de los demás se ha hecho más rico todavía. El martes fue el mejor día en la cotización en Bolsa de Facebook en dos años y ganó 2.430 millones de euros. El miércoles volvió a subir un 0,8%. Y ‘Zuck’, mientras, sin saber si la red que él creó vigila, por ejemplo, los movimientos que hacen sus usuarios en la red cuando cierran sesión, o si monitorizan las conversaciones (también de menores) en Messenger, o si tienen datos de gente que no tiene cuenta en la red, o si quedan almacenados una vez que alguien decide cerrar su cuenta. O por qué terminaron los de 87 millones de personas en manos de Cambridge Analytica, una consultora pro Trump y pro Brexit. Ser un ignorante como Zuckerberg sale a cuenta; con decir “no lo sé” y pedir perdón ha ganado aún más dinero en dos días.

A todos los que ahora muy indignados borran sus perfiles y se dan de baja, cosa que no es nada fácil, que sepan que sus datos siguen circulando por ahí, en un limbo que el señor Zuckerberg desconoce por completo, para ser utilizados por vaya usted a saber quién. Los gustos, las páginas que visitan, las películas que ven, los restaurantes que visitan, las compañías, las vacaciones, las enfermedades, los familiares, a quien votan, qué compran y todo lo que hayan decidido compartir en algún momento con ‘la comunidad’. Una comunidad gigante que nadie regula y de la que su dueño asegura desconocer la mayoría de asuntos básicos sobre su funcionamiento.

Nuestra privacidad vale dinero, mucho dinero, sí, pero se abre otra cuestión fundamental: ¿Cómo hemos sido capaces de contarle a quien no conocemos cuestiones íntimas? Me pregunto también a qué viene este ansia de exposición continua de lo que hacemos o dejamos de hacer y con quién y cómo. Cerramos la puerta de casa cuando salimos y giramos la llave, pero dejamos abiertas de par en par las de nuestra intimidad delante de extraños. Sólo con mirar Instagram, por ejemplo, sé dónde pasaron las vacaciones y con quién la mayoría de los contactos a los que sigo. Incluso cómo son sus hijos, a los que exponen públicamente. Si mis padres hubieran hecho lo mismo conmigo cuando era niña me habría cabreado bastante con ellos en cuanto hubiera tenido uso de razón.

Zuckerberg es un jeta multimillonario, pero nosotros somos idiotas. Empezar a regularnos a nosotros mismos sería una gran idea aunque nadie nos pague por ella.

 

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