Amat

Salía de los cines Texas. Era un domingo, media tarde y el sol invitaba a quedarse a disfrutar del resto de la jornada en la calle. En una plaza de Gràcia, casualmente la de la Revolució, me topé con Jordi Cuixart. Él no me vio, y tampoco me hubiera reconocido. E hice lo que suelo hacer si me cruzo en mi camino a algún líder: observar desde la distancia para comprobar cómo actúan cuando creen que nadie los ve… La estampa me atrapó enseguida. Lo acompañaba una preciosa y atractiva mujer morena -me pareció mucho más joven que el presidente de Òmnium- que conducía un carrito de bebé. Charlaban de pie con otra pareja y sonreían. Los envidié porque desgraciadamente no resulta tan usual ver a alguien tan feliz y comprometido. Y confirmé mis sospechas... Jordi Cuixart es un buen hombre.

Quizá por aquel fugaz y bello recuerdo, el 16 de octubre me acosté pensando especialmente en él. Desde que la adorable Muriel Casals falleció -para mí, la #itiaiacatalana-, Cuixart me había llamado también poderosamente la atención estéticamente (cuando salga, tengo pendiente dedicarle un tuit con un #loveCuixart de carácter retroactivo por aquella mochila de cuero marrón con la que declaró ante Lamela y tragarme, sin que sirva de precedente, la etiqueta #nosoissherpas). Conforme pasaban los días (¡y ya van 171!), a través de los medios de comunicación, descubrí algo más de su vida familiar. Su compañera y periodista Txell Bonet nos habló de Amat. Aquel bebé que un día, seguramente recién nacido, se resguardaba dentro del cochecito en una plaza de Gràcia.

Y desde entonces es el pequeño Amat el que más me obsesiona. Porque sé, no sólo de la importancia de la figura paterna en el desarrollo de un crío, sino de la necesidad de caricias constantes para establecer una relación afectiva a tan corta edad. En el primer año de vida o hasta que aprendemos a hablar, nuestra supervivencia depende por completo de las habilidades que nuestros padres o protectores posean para interpretar nuestra única lengua: la no verbal. Seguramente los demás familiares de los nueve presos políticos no encuentren palabras para comprender, expresar o aliviar su pena y falta; pero en el caso de Amat es que, por el momento, no sirven de nada

No creo que Jordi Cuixart merezca estar en la cárcel; pero no soporto que Amat, como ayer recordaba su madre en redes sociales, acumule ya 34.000 km recorridos para ver unos minutos a su padre y me parece injusto que esa inocente criatura deba pasar un día más sin recibir sus caricias. Quizá peque de ilusa o blanda (y si fuera así lo prefiero), pero la justicia sin humanidad deja de ser justicia para convertirse en crueldad. Si alguien no quiere o puede compadecerse del padre, que lo haga del hijo. #llibertatpresospolítics

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